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jueves, 22 de septiembre de 2011

OTOÑO EN UN BAR DEL CENTRO

Imagen: Otoño. Autor: El Rey Peste.


Hay un poema en las nubes que nadie mira. Avanzo como en los días de la fe en los versos, pero sucede que me pesa el vacío de los bolsillos.

En el bar de abajo el otoño pide café con leche y dos porras. Tiene telarañas en la voz. Algo me hace mirar afuera. Han salido algunos abrigos desde la naftalina del verano; la calle se llena de ese olor a ropa deformada.

El tío de la televisión dice que son las nueve y media (en Canarias, una hora menos, y buen tiempo). Llueve, llueve mucho esta mañana. Las gotas se manifiestan en pequeños torrentes calle abajo o se concentran en charcos reivindicando un lugar entre la prisa.

¿Qué se debe? La camarera mira con gesto vacío, hace un cálculo rápido, dos sesenta. Repaso las monedas de mi bolsillo escuálido, pido otro café, largo, por favor. Y caliente, muy caliente.

El humo del cigarrillo entra sin permiso en mi ojo y me hace lagrimar, sumerjo la cucharilla en un vaso largo de pena.

El otoño ha salido; luego, por la tarde, pisaré el suicidio de las hojas donde se pudre el poema que nadie mira.

sábado, 3 de septiembre de 2011

EL REY PESTE EN PAPEL


Imagen: portada del número 2 de la revista ENTROPÍA



Saludos, mortales:
Por fin, el Rey Peste, ve publicado uno de sus delirios en papel. Se trata de la revista ENTROPÍA, en el número 2 tuvieron el buen criterio de incluir este relato que, para quienes no logréis encontrar la mencionada revista y queráis leer lo que el Rey Peste ha escrito, reproduzco en esta entrada.
Pinchad en las imágenes para verlas a tamaño completo y... felices pesadillas.

Post Scriptum: El Rey Peste quiere agradecer la colaboración de Manuel Sassoon por el estilismo y el maqullaje y a Luis Mata por la fotografía que ilustra la página 70 de la revista y tercera del relato.





jueves, 25 de agosto de 2011

ALGUIEN




Alguien agrupa las horas

con paciencia de hombre viejo

alrededor de mi casa en ruinas;

miro las heridas en sus manos

y la sangre brota como un hormiguero.

Ya no oigo el murmullo de las aguas

entre las rocas sin nombre:

sólo se oyen las campanas

cerca lejos

tan cerca tan lejos.

¿Quién es aquel que agrupa las horas?

¿por qué viene llamándome por mi nombre?

¿por qué las heridas de sus manos

no me dejan oír el murmullo del agua?


Del libro Tras los muros del silencio. (Inédito).

jueves, 11 de agosto de 2011

CROSSROADS

En la imagen: Robert Johnson.


“(…) y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos.”

(Jorge Luis BORGES)

Ha dejado la casa. Camina vencido por lo irreductible de su viaje. La guitarra duerme en su funda.

Ha caminado, siempre cuesta arriba, hasta el cruce.

Sus botas conservan el polvo de mil y una historias. Conoce los lugares donde se reúnen los vagabundos; sabe la soledad del bourbon en los bares de carretera…

Ha caminado hasta esta encrucijada para comprar su historia a un vagabundo a cambio de los pocos dólares que le quedan.

Las seis de la tarde es la hora fijada; aún le queda tiempo. Enciende un cigarrillo bajo el cielo abrasante de agosto. Despierta las cuerdas de su guitarra y empieza a improvisar sobre una melodía que aprendió en New Orleans o, tal vez, en Memphis (ha andado tantos caminos como los que ha olvidado).

El vagabundo aparece a las seis en punto. Se dispone a guardar la guitarra pero le pide que siga tocando, no hay prisa. Hay algo extraño en aquel tipo. Viste, como él, un traje cansado y gruesas botas de campesino; pero cierto toque denuncia que no es quien pretende. “Bien, qué importa, tiene una historia”.

Le apremia para que hable. El vagabundo sonríe con misterio mientras unas urracas graznan rasgando el calor. Pide un cigarrillo. Mientras exhala el humo con una expresión de placer exagerado, comienza a desgranar su tragedia.

“Mi padre muerto se me apareció en las almenas; desde el infierno me exigía venganza. Su hermano lo había matado. Entonces Ofelia enloqueció y se arrojó al río. El agua la arrastraba hacia el fondo mientras cantaba su canción. Yo ya había enloquecido por aquel entonces o quizá ya había muerto.

Verás, mi hermano me echó un veneno en el oído mientras dormía en el jardín. Pero eso ya te lo he contado ¿verdad?

Mi madre se casó con el asesino de su marido y Ofelia había perdido la razón porque yo maté a su padre o quizá yo maté a mi hermano y me casé con mi madre…”

Algo olía a podrido en aquella encrucijada de Mississipi. ¿Quién era ese pobre demente que confundía nombres y hechos, mezclándolos como un tahúr la baraja para una partida alucinante?

Empezaba a sentirse mal; de pronto el aire se había enfriado. Dio media vuelta para buscar la chaqueta. Cuando se volvió hacia el vagabundo, sólo encontró el filtro del cigarrillo aplastado contra el suelo.

Coge la guitarra y comienza a improvisar sobre una melodía que aprendió en Sant Louis, o tal vez en Dinamarca cuando fue rey…

viernes, 5 de agosto de 2011

DELICATESSEN POÉTICA



CALAMARES A LA ROMANA

Rebozados clasicistas

salen del hirviente foro.

Los cefalópodos de oro

presumen de nobilitas

y sabios renacentistas.

A pesar de la censura

que sufrió su pluma dura,

no los desprecies, Ovidio,

que no merecen olvido

de ninguna dentadura.

viernes, 29 de julio de 2011

BORRADOR (o la musa asesina).

Imagen: Sin City, de Frank Miller.


A veces un verso
se niega a salir de mis ojos,
los dientes se cierran hasta el dolor para que no huya
boca adelante.

A veces los dedos
me parecen
bloques de cemento y
no encuentro la forma de dejar de golpear el teclado, buscando una salvación que no existe.

A veces,
un dolor sordo se me instala
en el sitio de la memoria y
no quiero enjugar las lágrimas que
escapan por los poros.

A veces te presiento entre las sombras, tus pies desnudos no despiertan el polvo de los pasillos y sé que eres quien vendrá a matarme,

dejo una navaja en el mueble de la entrada.

Una navaja afilada y abierta
en el mueble de la entrada.

A veces me
quedo mirando el filo
de las cuchillas
y parece que me haces un guiño de acero,
y sé que el momento llegará pronto.

A veces
no puedo dejar
de ensuciar el papel,
como si la única salvación posible fuera enlazar
palabras buscando un sentido que acaso no tengan.

A veces tengo la certeza de que,
sólo muriendo,
acertaré a explicar la inutilidad de arrugar el poema.

A veces quisiera una voz más áspera
y dejo una navaja abierta.

En el mueble de la entrada,
una navaja que me invita a la nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

FRENTE AL TELEVISOR

Imagen: Pistolatv. Collage digital.


Una mujer entra en su casa (un hogar humilde, con muebles viejos). Su marido (camiseta de tirantes con manchas de sudor en las axilas y calzoncillos) descabeza una siesta frente al inevitable aparato de televisión. El volumen está muy alto y la sala permanece en una perfecta penumbra, iluminada por los destellos que escapan de la pantalla.

La mujer empieza a desembolsar la compra en la cocina y dice algo al hombre, que no responde. Con gesto maternal mete un paquete de seis cervezas en el frigorífico y acude al salón donde tendrían que oírse los ronquidos del hombre.

En la pantalla, unos policías se felicitan por la resolución de su último caso. Un casquillo de bala fue la clave. Brindan con vasos de plástico llenos de café. Aparecen los títulos de crédito sobre la fotografía fija.

La mujer se ha sentado en una silla, al otro lado de la mesa camilla sobre la que suda una lata mediada de cerveza.

Normalmente, el hombre despierta en cuanto acaba su serie favorita, apura la media cerveza y va al baño; es el momento en que ella cambia de canal para ver algún documental de animales. Pero hoy no se mueve. Ni siquiera resopla como una ballena azul.

La mujer siente una congoja, se agarra el pecho y niega con la cabeza mientras se acerca al hombre, que no respira.

Enciende la luz de la lámpara y descubre un agujero del calibre 22 en la frente del hombre.

En el suelo, a los pies del mueble de la televisión, un casquillo idéntico al que ayudó a los policías a resolver el caso.