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martes, 3 de julio de 2018

PASEO NOCTURNO



          
  La pareja avanzaba por el callejón de farolas fundidas. De un rincón surgió "El Rafi", navaja en mano, mirada feroz.
            –¡Vamos, dadme la pasta! –el tono ansioso de su voz, subrayado por un rayo de luna que arranca un brillo amenazante al acero.
            –La pasta –dice Él en un tono que "El Rafi" percibe burlón–. ¡Qué monada!, ¿no te parece, querida?
            –Sí que es mono –dice Ella con un brillo de ansia en la mirada–. Para comérselo...

            A la mañana siguiente la policía encontró, en el callejón, el cuerpo de "El Rafi" desangrado.

sábado, 14 de mayo de 2016

DENTADURA









          Aquella tarde C. sentía un terrible ardor de estómago. Era como si sus jugos gástricos intentaran digerirle desde dentro. Dejó a un lado el bolígrafo rojo con que corregía los exámenes y fue al cuarto de baño a por un antiácido.

            Mientras el comprimido se le deshacía en la boca, notó algo curioso. Al mover la lengua para limpiar los restos del medicamento, no tropezó con ninguna pieza dental. Algo alarmado abrió la boca y empezó a hurgar con el dedo; ahí estaban intactos, sus veinte muelas, sus cuatro caninos y sus ocho incisivos.

            Volvió a la tibieza del salón en aquella tarde de mediados de septiembre, recuperó el taco de exámenes y siguió corrigiendo durante otra hora.

            Empezó a notar un dolor que le recorría las encías. Movió la lengua por toda la cavidad y se alarmó al notar de nuevo que su apéndice no tropezaba con ningún diente. Otra vez probó a abrir la boca y explorar con el dedo índice de su mano derecha. Sólo encontró la suavidad húmeda de las encías desnudas.

            Un sudor frío le recorrió la espalda y empezó a temblar. Aquello era absurdo, se armó de valor, logró ponerse en pie con un gemido y se dirigió al espejo del cuarto de baño, decidido a salir de dudas, sus ojos no le engañarían.

            Al encender la luz observó a un hombre decrépito, con el rostro surcado de arrugas y de un color apergaminado que imitaba las muecas que él hacía ante la superficie azogada con una expresión de asombro y terror.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

NOCHE DE WALPURGIS



Manuscrito original de 2003
Cómo duele en la sombra
desear cuerpos muertos.
Leopoldo María Panero



El ruido de la vena al romperse. El horror en sus ojos -siempre los mismos ojos desorbitados de temblor.
            La náusea de la sangre viva, el vértigo de la muerte, y la sed, siempre la sed torturando mis sentidos cuando brilla la luna.
            El miedo al dios crucificado por cuya sangre rezan en los templos...
Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre...
            A mis pies el cadáver cuyos ojos gritaban de terror hace tan sólo un instante.       
 La erección estéril y un chorro cálido de esperma en el vacío, como si así yo también muriera un poco.
 

miércoles, 18 de junio de 2014

MINICUENTO





Vino el lobo, llamó a la puerta, atildó la voz haciéndose pasar por Mamá, pero yo sabía que era él. Mis hermanos querían abrir la puerta, tuve que matarlos. Yacen en el suelo, pudriéndose lentamente y me miran con una interrogación en los ojos. Ahora el lobo ha conseguido un hacha. Oigo los golpes en la puerta; el acero ha astillado la madera y estoy solo.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA CASA DEL SEÑOR ROMÁN



             La casa se la compró el señor Román al padre del farmacéutico; con el dinero pudieron pagarle los estudios.

            Era una casa antigua de labrador que había pertenecido a la familia desde la guerra con los franceses. No crea que no sufrieron al tener que venderla, pero las cosas de la vida; ya el abuelo había perdido muchas tierras con los naipes y, cuando el chico terminó el Bachillerato y les dijo que quería hacer carrera, no les quedó otro remedio que venderla. Era lo único que les quedaba ya por entonces. Se fueron a vivir a en ca’ de unos parientes en la capital que les acogieron con cierto miedo, pues se decía que eran un poco raros. Les gustaban los libros viejos y tenían montones apilados en la biblioteca, hasta el techo. Yo no sé qué clase de libros, pero, según el alcalde de aquellos días, que era hombre leído, había muchos que trataban de magia y cosas así.

            Lo vendieron todo con la casa porque donde los parientes no había sitio, aunque era un piso hermoso, no crea.



            El señor Román, que había sido notario y vivía de unas rentas, les compró la casa. Decía que necesitaba la tranquilidad y el aire limpio del pueblo; ya ve usted también qué capricho, venirse a vivir aquí, que no hay nada, un hombre como él, acostumbrado al jaleo de la ciudad, los teatros, los cafés…

Conque, el señor Román se vino al pueblo para la Virgen de Agosto. Se le veía contento, salía de paseo por la mañana y, por la tarde, bajaba al café a echar la parlada con los paisanos y a recoger paquetes de libros, porque, aunque era hombre muy leído, hablaba con todo el mundo y a todos preguntaba por las leyendas locales y, sobre todo, por los trijones que se contaban sobre la casa que había comprado. Pero, la verdad, sabía más él que todos los del pueblo sobre la historia de aquella casona.



Aquel invierno se le empezó a ver menos por el café. Claro, aquí, cuando viene el hielo no hay quien pare y, en aquellos tiempos, no había calefacción ni nada. Yo me recuerdo que aquí, en este mismo café, cuando era yo chiquito, había una estufa de carbón, que lo traía un hombre de Asturias, y que no calentaba más que a los parroquianos que llegaban a primera hora y se sentaban al lado. Así que nadie vio nada raro en que el señor Román no pareciera por aquí más que para recoger sus paquetes de libros, que le venían de todo el mundo, no crea.

           

Cada jueves, que es cuando llegaba el tren burra con el correo, entraba, preguntaba a Emiliano, el amo de esto por entonces y que también hacía de cartero, si había llegado su paquete y, cuando se lo daba, pagaba el reembolso y salía con el hato pegado al pecho, como si lo quisiera proteger del frío. Los del pueblo al principio no hicieron caso, a lo más, alguno comentaba que había que ver qué raro estaba el señor Román, que ya ni saludaba al entrar.

           

Fue al año siguiente cuando la gente empezó a escamarse por el comportamiento del señor Román. No era una rareza demasiado rara, no sé si me entiende, sólo que, cuando llegó el verano, esperaban que el señor Román recuperase su interés por las cosas del pueblo, pero no pasó. Llegó el buen tiempo y el señor Román seguía su rutina, cada jueves se presentaba en el café, preguntaba por su paquete, pagaba el reembolso y se volvía a la casa.

            Un día de junio, llegó un paquete distinto, tenía forma como de frasco. Emiliano le preguntó qué le habían enviado esta vez. Era primera hora y no había parroquianos aún. El señor Román, con un brillo como de fiebre en los ojos y la frente cubierta de sudor, abrió el paquete. Lo que allí había, decía Emiliano que le dio tal repugnancia que estuvo a punto de darle un manotazo y tirarlo al suelo. Era, efectivamente, un frasco grande, como estos que uso para macerar los aguardientes y, decía Emiliano, que dentro había un líquido como amarillo y en el líquido flotaba un sapo del tamaño de una criatura recién nacida. Tenía los ojos cerrados, Emiliano pensó que era una de esas cosas que los científicos guardan en los museos. Se quedaron los dos mirando aquella cosa durante un buen rato, Emiliano veía la cara del señor Román a través del líquido amarillo, decía que parecía un loco de esos que salen en las películas que traen los feriantes en fiestas.

            Emiliano no podía seguir mirando aquella cosa repugnante. De pronto, mientras pensaba en si el señor Román estaría metido en cosas de brujería, aquello abrió los ojos y a Emiliano le pareció que le sonreía con maldad, como si se estuviera riendo de sus pensamientos.



A partir de ese día, al señor Román no se le volvió a ver por el pueblo… hasta el día que le encontraron ahorcado de la viga de la sala grande, en esa donde usted quiere hacer la escuela. Ya le digo yo que nadie va a querer mandar a sus hijos a esa casa.



El caso es que, cuando avisaron a la autoridad, encontraron muchas cosas raras en la casa. Lo primero el olor; el médico dijo que olía como en la morgue del depósito, donde llevan a los muertos. El señor cura que olía como los santos cuando se abre su tumba y se les encuentra incorruptos, pero con un no sé qué de malvado. El señor juez, que vino de la capital a levantar el cuerpo, que olía como las casas que llevan mucho tiempo cerradas. Yo… bueno, yo era muy pequeño y no recuerdo muy bien, además, no me dejaron entrar, normal, no era bueno que una criatura viera semejante espectáculo ¿no le parece? Pero, cuando empecé a llevar el café, un día, al preparar unas pipas para el vino, el olor del polvo de azufre que se usa para eso, me recordó aquel otro que me llegó desde la puerta.

El juez encontró muchos libros, muchos más de los que ya tenía apilados la familia del farmacéutico y bastante más viejos y raros. Entre ellos, encontró un cuaderno con las tapas negras, un “diario” lo llamó. Nadie sabe qué ponía en ese librito de cuartillas amarillentas, el juez se lo llevó para su casa, para “investigar posibles causas del suceso”, decía. El caso es que, a los pocos meses de llevárselo de casa del señor Román, los hijos tuvieron que internarlo en un psiquiátrico. Dicen que se pasaba las horas muertas hablando con alguien o con algo que sólo él podía ver, y que hablaba como en latín, pero no en el latín de la misa, ¿comprende? Nunca volvió a hablar en cristiano y la familia le cogió miedo, porque miraba como a través de uno, a ese alguien o algo con lo que hablaba.





Desde entonces, ni los ladrones han entrado en la casa, dicen algunos que el mismo diablo ronda entre esas paredes. Por eso a usted le miran así en el pueblo y nadie irá a esa escuela que quiere usted montar, no en esa casa maldita, no, señor.


viernes, 14 de junio de 2013

FANTASMA

Saludos, mortales:
Hace largo tiempo que no pongo nada aquí. Hoy quiero hacer un experimento, voy a tratar de escribir un cuento "a vuelapluma". Abro con una frase de un cuento de Kawabata, titulado "Sin palabras" y, a partir de esa frase, empezaré a hilar el relato.
Espero vuestros comentarios.

El que habla a un fantasma queda paralizado. Embrujado.
(Yasunari Kawabata)

 
Llevaba unos días sin dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, sentía una presencia al lado de su cama, una presencia que lo inquietaba y le obligaba a encender la luz de la mesita de noche para comprobar que en el cuarto sólo respiraba él. 

Apagó la luz. "Qué tonto" -pensó- "mira que asustarme así, a mi edad". Sin embargo, al cabo de apenas cinco minutos, volvió a despertar con un alarido helado en la garganta. Encendió la luz y allí estaba. 
El fantasma le pidió que no se asustara, que no iba a hacele daño, sólo quería sentirse acompañada durante la noche. Le contó que era por las noches cuando los espectros se sienten más solos, cuando todo lo vivo descansa.

-Pero -comenzó a decir- ¿eres un fantasma real?

-Todo lo real que tu mente me deje ser. Si crees que sólo soy una alucinación, o un sueño, eso mismo seré. Pero, si crees que realmente soy un espectro, entonces, seré un espectro.

-Es decir, ¿que depende de mí el que existas o no?

-Exactamente.

-Entonces... no sé, verás, siempre he sido un racionalista empírico, nunca creí en fantasmas, ni en duendes, ni hadas... bueno, creo que me comprendes.

-Sí, claro, a mí me pasaba igual cuando estaba viva. ¿Y bien?

-¿Y bien? ¿qué?

-¿Qué vas hacer de mí?

-¿Sabes una cosa? Me has caído bien, no das miedo.

-¿Por qué habría de darlo?

-No sé, cuando era niño, me asustaban los fantasmas. No es que viera ninguno, me asustaba la posibilidad de su, de vuestra existencia.

-Te aseguro, que no tienes que temer. Por cierto, creo haber entendido que aceptas mi existencia como fantasma. ¿Sabes qué les pasa a los mortales que hablan con un fantasma?

En aquel momento, el joven cayó en un silencio del que no volvió a salir nunca más.

jueves, 9 de mayo de 2013

HOY ES DOMINGO




Es domingo por la mañana, la habitación está oscura y la casa en silencio. Supongo que Papá y Mamá duermen todavía. Doy media vuelta en la cama y me hago un ovillo. No tengo sueño, pero me gusta remolonear bajo las mantas hasta que viene Mamá a despertarme.
            Creo que me he quedado dormido. Cerré los ojos hace un momento y el brazo más largo de Mickey Mouse ha dado una vuelta entera; ahora, con una postura de contorsionista, marca las doce menos cuarto. ¡Qué raro!, hace ya rato que tendría que haber entrado Mamá a despertarme… bueno, mejor, así puedo dormir un poco más. Es curioso, no tengo nada de sueño pero estoy muy cansado.

            Cuando vuelvo a abrir los ojos, los brazos del ratón Mickey señalan las dos. Pero, si no he podido dormir tantísimo. Es como si alguien hubiera adelantado el reloj. ¿Por qué no se oye ningún ruido en la casa? A lo mejor les ha pasado algo a Papá y Mamá, debería levantarme y acercarme a su habitación. Empiezo a estar asustado, en serio.

            Debería ir a su habitación a ver si les ha pasado algo. Me pongo las zapatillas, dos Plutos gemelos sonríen desde el suelo. Abro la puerta de mi cuarto pero, cuando me da la luz que entra por las ventanas del salón, me siento raro, como cuando tengo la gripe. Me quedo acurrucado en la penumbra de mi habitación. Llamo en voz alta. Silencio. Llegan ruidos de la calle, coches que pasan, gente que va a alguna parte.

La luz del salón ha disminuido. Ya no estoy tan cansado, puedo permanecer de pie, doy un paso, luego otro… La puerta de la habitación de Papá y Mamá se hace más grande. Tengo mi mano en el picaporte, lo aprieto con tanta fuerza que me duelen los nudillos. Empiezo a asustarme, tengo miedo porque sé lo que voy a encontrar tras la puerta.
Papá y Mamá atados a la cama, con las gargantas cortadas. La sangre ha empapado las sábanas, el colchón… gotea hasta el suelo con ese ruidito como de lluvia contra el cristal: “plic, plic, plic…”
            No quiero verlo, cierro los ojos pero la imagen está dentro de mi cabeza. Estoy muy asustado, tengo mucho miedo porque sé que yo he hecho “eso”.

lunes, 1 de abril de 2013

UNA CUESTIÓN ESTÉTICA



       
           El sol castigaba con fuerza. Bajé al Metro. La estación llena de gente yendo y viniendo me hacía sentir seguro. Muy pronto me fijé en una chica de unos veinte o veinticinco años, vestía una falda por encima de las rodillas y una sencilla blusa a juego.
La seguí hasta el vagón y me senté frente a ella. Normalmente soy muy discreto pero, en aquel momento, me deleitaba el latido de su corazón que adivinaba cada vez más violento; fijé mis ojos en ella, quería que participara en la cacería, que supiera que la había elegido.
Sus manos volaban hasta su media melena de un color castaño oscuro, o jugueteaban con algún pliegue de la falda, con movimientos decididos, intentando ocultar su turbación.
 Las estaciones se sucedían entre intervalos de oscuridad; entraban y salían gabardinas con prisa, faldas coquetas y algún pantalón distraído. Al llegar a un nuevo andén, giró la cabeza y el pelo, al moverse, dejó al descubierto aquella cosa repugnante.
Aquella criatura, en apariencia perfecta, tenía una horrible verruga en el cuello. Bajó en la siguiente estación. Yo seguí sentado, lamentando el tiempo que había perdido siguiendo a una presa tan poco apetecible. Quizá me haya vuelto demasiado melindroso a la hora de escoger mi comida…

lunes, 25 de febrero de 2013

LA MADRE VIRGEN

Imagen: Anunciación. Autor: Fra Angelico (1400-1455)


En la antigua ciudad de Nazaret, vivió en esos días, una joven virgen llamada María; se había casado con un carpintero que se llamaba José. Aún no vivían juntos y no se habían conocido carnalmente. Pero, he aquí que María se levantó una mañana muy temprano, con unas fuertes náuseas que la hicieron vomitar el desayuno; no le dio mucha importancia, pensó que los palominos escabechados de la cena le habían sentado mal.

    Con el tiempo, la tripa empezó a hinchársele y las gentes comenzaron a murmurar. Unas semanas antes de este acontecimiento, había llegado a Nazaret un apuesto criador de palomas a quien María compraba pichones que, escabechados, eran uno de los platos preferidos de la joven. Las malas lenguas empezaron a preguntarse cómo podía comprar pichones siendo pobre, como era.

    Mientras esto sucedía, José trabajaba en su taller. Era un hombre sencillo que nunca pensaba mal de nadie, pero tampoco era tan necio que no le llegaran las murmuraciones, por lo que empezó a sospechar que algo extraño estaba pasando; tuvo que considerar la posibilidad de repudiar en secreto a su joven esposa, para evitarle la vergüenza de andar en boca de las comadres; porque, aunque la amaba profundamente, no estaba dispuesto a criar al hijo de otro hombre.

    Así, un día que estaba terminando de barnizar una silla de madera de olivo, María apareció por allí con el almuerzo.

- Oye, María, dice la gente que estás embarazada y, como aún no hemos tenido conocimiento carnal y me aseguras que mantienes intacto el virgo, pues, no sé, chica, me extraña un poco, la verdad.

-¡La gente, la gente! -exclamó la joven esposa dejando el cesto sobre la mesa del taller- mira, José, mi Joselillo, puede que haya engordado un  poco, pero no creo que sea para tanto. A lo mejor estoy nerviosa por venirme a vivir contigo, ¿no has pensado en eso? Al fin y al cabo, soy virgen y me da temor eso del débito conyugal… De verdad, José, no pensé que fueras tan egoísta.

-Bueno, mujer, tampoco hay que enfadarse. Es verdad que la gente siempre está murmurando. Entonces, María, queridita mía, ¿me juras que no me has engañado?

-Te lo juro. ¡Ay!, estos hombres, qué caso hacéis de lo que dice la gente.

    José se dio por satisfecho con la explicación de María y no volvieron a tratar el tema. Pero el tiempo pasaba y a la esposa cada vez se le notaba más la tripa. Una noche, ya viviendo juntos, habían cenado pichones escabechados; José despertó sobresaltado al notar que, en la tripa de María, se había movido algo.

-Oye, María, ¿guisaste bien los pichones?
-Pues claro -contestó adormecida- ¿por qué lo preguntas?
-Juraría que uno no estaba bien cocinado y quería salir volando de tu vientre.
-No digas tonterías y duerme, mañana tienes que entregar esas baldas a Jeremías.

    A la mañana siguiente, José no fue al taller. Había dormido mal dando vueltas al asunto de los pichones. Cuando María volvió del mercado y lo vió cariacontecido en la puerta de la casa, supo que estaba perdida; José la repudiaría y sobre ella caerían, de golpe, el oprobio y la vergüenza. Tenía que pensar algo, y rápido.

-Tenemos que hablar, querido.
-¡Lo sabía! ¡Ese criador de palomas…!
-No es lo que crees, José, deja que te explique.
-Habla, mujer.
-Un día, estando yo en casa de mi madre, haciendo mi labor para el ajuar, se me apareció un ángel del Señor y me dijo: “Alégrate, pues Dios te ha elegido para engendrar a Su Hijo que salvará a la Humanidad del pecado.” ¿Cómo podía negarme yo, una pobre mujer, a cumplir la voluntad de nuestro Dios?

    José había escuchado acariciándose las barbas, pensativo. ¿Y si era verdad? Los milagros ocurrían, a veces… Él, José el carpinero, padre putativo del Hijo de Dios. Eso le daría prestigio, sería bueno para el negocio, quizá podría ampliarlo y contratar un aprendiz y atender los pedidos de las casas de los ricos y famosos, quizás, incluso le encargaran muebles para el palacio de Poncio Pilato.

-Está bien, María, chiquita mía, criaré al Hijo de Dios.
-No esperaba menos de ti, José, mi Joselillo. Anda, dame un beso.
-¿Qué has traído para el almuerzo?
-Pichones escabechados.

jueves, 6 de diciembre de 2012

TARDE DE VERANO




            Era una de esas tardes de domingo en que uno sabe que lo mejor que puede hacer es quedarse en el sofá y dejar que el ventilador alivie algo el calor con una suave corriente de aire. Fuera, el sol castigaba el asfalto y los edificios parecían derretirse.
            Busqué en los cajones y logré reunir cinco euros en monedas de diez y veinte céntimos. Con el botín a buen recaudo en mi bolsillo, me dirigí a uno de los pocos videoclubes que aún sobreviven heroicamente en la ciudad, dispuesto a alquilar algo realmente bueno.

            El local estaba desierto; Álvaro, el encargado, luchaba contra el calor y el tedio bebiendo una Mahou y mirando una peli antigua en la pequeña pantalla que oculta bajo el mostrador.
            - Buenas.
            - Hola, vaya calor ¿eh?
            - Sí, parece que los edificios se derriten. Oye, ¿tienes algo bueno?
            - ¿Qué? –dijo mientras apretaba la pausa del mini-DVD- ¿una de esas tardes?
            - Sí, joder, una de esas. Oye, tengo ganas de tirarme en el sofá con una cerveza helada y, al menos, noventa minutos de entretenimiento “made in Hollywood”; así que dime si te ha llegado algo que merezca la pena.
            - Vaya, hoy no estás para sutilezas ¿eh?
            - No quiero perder el tiempo. Al menos en casa tengo un ventilador. Por cierto, ¿cuándo coño vas a arreglar el aire acondicionado?
            - Está bien, deja que mire el archivo de las curiosidades.

            Estuvo mirando durante cinco eternos minutos que aproveché para inspeccionar los clásicos que languidecían cubiertos de polvo en la estantería del fondo.
            Encontré una versión remasterizada de “Con faldas y a lo loco”; devolví la sonrisa a la cara de Marilyn que llenaba la carátula.
            -Me llevo esta.
            -Es una buena elección; la han remasterizado con las últimas técnicas de restauración de audio y video. Tío, la he visto y te juro que parecía que Marilyn quería salirse de la pantalla.
            -No necesitas venderme las virtudes de la cinta –atajé- Me la voy a llevar de todas formas.

            Pagué el alquiler del DVD y volví a la suave corriente de mi ventilador.
            Paré la peli para acercarme la segunda cerveza de la tarde. El fotograma elegido por la sed y el azar era un primer plano de Marilyn. Lo miré atentamente durante unos segundos. Creo que murmuré algo así como “ojalá fueras real” y fui a la cocina.
            Mientras abría la nevera, me pareció oír una voz familiar en el salón.
            -Mierda –mascullé con la boca llena de espuma de cerveza- ha saltado la pausa.
            Volví al salón. La cerveza resbaló de mi mano y una sensación difícil de describir se apoderó de todo mi ser.
            -Has derramado tu bebida –dijo Marilyn Monroe con la sonrisa más encantadora que el maestro Billy Wilder jamás pudo arrancarle para las cámaras.
            - Yo… tú… yo… eres… pero… -acerté a balbucear mientras mi boca se quedaba encajada en una apertura imposible. Ella se levantó del sofá, se acercó a mí con pasos cortos y me cerró la boca con su mano.
            -Pero… ¿cómo? Quiero decir… estoy encantado de conocerte, Marilyn.
            - Por favor, llámame Norma; vamos a ser amigos y los amigos se llaman por sus nombres reales ¿verdad? –y dijo mi nombre; el vértigo hizo girar el mundo hasta desvanecerlo, mientras las letras que me nombran rebotaban en sus dientes perfectos y resbalaban por sus labios carnosos y cálidos.
            -Norma. –pude articular después de varias eternidades de silencio estupefacto. Ella rió con un sonido cristalino y me pidió algo de beber. Preparé unos cócteles con la torpeza de un niño con párkinson. Brindamos y bebimos.
            -Norma –al repetir su nombre sentí como si un montón de gusanos hubieran culminado su metamorfosis en mi estómago.
            -¿Sí? –dijo mientras dejaba la copa sobre la mesa.
            -Yo… debes disculparme, pero, ¿cómo rayos has salido de la pantalla? ¿Estoy alucinando? ¿Eres real?
            -¿Por qué no me tocas y te convences? –susurró a mi oído con una voz de terciopelo y dejó caer un beso suave en el lóbulo de mi oreja izquierda. –En cuanto a lo de salir de la pantalla… Oh, bueno, es algo complicado pero creo que lo puedo resumir diciendo que te oí desear que fuera real y quise conocerte, algo en tu voz hizo que me fijara en ti. No creo que pueda explicarte, exactamente, cómo salí de ahí y me encontré aquí.
            Subrayó los adverbios de lugar con su dedo índice y una sublime expresión de asombro en los ojos.
            -Cielos –dije reprimiendo mi leguaje habitual –Eres realmente tú. Pero, –y me fijé en un detalle que, hasta entonces me había pasado inadvertido –vaya, estás en blanco y negro. No es que me moleste, pero me resulta extraño…
            -Claro, cielo, yo estaba en una peli en blanco y negro. No debería extrañarte tanto. En cambio, sí me noto la voz algo rara.
            -Sí, es por el doblaje; estás doblada, si no, no podría entenderte.
            -¿Doblada? Vaya, esto sí es raro. ¿No podrías hacer algo para que no sonara tan extraña?
            -Puedo poner el DVD en versión original.
            -Hazlo, por favor.
            Apreté el botón de idiomas y seleccioné “English”, sin embargo seguía en versión doblada. Aventuré una hipótesis.
            -Quizá, si saco la película y la vuelvo a poner, esta vez en versión original, podría solucionar lo de tu voz.
            -Inténtalo, por favor, no soporto hablar con una voz prestada.

            Saqué el disco y, al instante, la bella Norma Jean se desvaneció de mi lado. Volví a poner la película, encontré el fotograma exacto y apreté la pausa. Ahí estaba Marilyn, congelada en el preciso instante en que deseé que fuera real. Esta vez, en lugar de materializarse en mi sofá, permanecía atrapada en la pantalla. Me pareció advertir un gesto de resignación en sus ojos y, al volver a poner en marcha el DVD, creí ver que sus labios formaban las letras de mi nombre.
            No devolví la copia al video-club. A Álvaro le dije que la había perdido; tuve que aguantar sus reproches durante cuatro meses y pagar los veinte euros de multa.

            Cada vez que veo “Con faldas y a lo loco” me fijo en un primer plano de Marilyn Monroe, y le sonrío, deseando que Norma Jean vuelva alguna vez, para terminar el cóctel que dejamos a medias aquella tarde de verano.


           

miércoles, 15 de agosto de 2012

CAMBIOS


Durante décadas había observado aquella habitación donde nada había cambiado; ya no sentía los latidos de su corazón. Al principio protestaba a cada hora por el polvo que le empezaba a cubrir y se le metía por cada resquicio del cuerpo. Pero terminó por acostumbrarse; igual que las botellas que dormían sobre la mesa camarera. Igual que los muebles de aquella habitación.
            Un día, a eso de las seis de la tarde, sintió que el corazón volvía a latirle y se descubrió harto de que nada cambiara, volvió a protestar a cada hora con toda la fuerza de su mecanismo suizo.

sábado, 31 de marzo de 2012

EL RATÓN

Imagen: FOTO NATURA

Sueño que bosteza un ratón entre mi pelo. A veces, claro, no es que lo sueñe siempre. Cuando siento su bostecito ahí arriba, en mi cabeza, casi lo puedo ver estirando sus bracitos y luego rascándose la tripita peluda (es lo que yo hago cuando bostezo, aunque yo no tengo la tripa peluda. Mamá dice que cuando crezca me saldrán pelos, igual que a Papá).

Ahora ya hace tiempo que no lo sueño. No sé, puede que sea porque, un día encontré un ratón en la despensa royendo un trozo de queso que dejaron mis padres. Ahí estaba el pequeño ladrón, comiéndose mi almuerzo. Tenía los mofletitos hinchados y un trozo de queso entre sus manecitas. Me miró un poco asustado pero, al rato se tranquilizó; como si supiera que no le iba a hacer daño, continuó mascando y tragando mientras me miraba con sus ojitos de alfiler.

Se me ocurrió que su descaro no podía quedar sin castigo. Agarré la escoba y la emprendí a golpes hasta que lo aplasté contra las baldosas de barro. Papá y Mamá dijeron: “muy bien, Hijo, así se hace”. Pero yo estuve llorando mucho rato y no quise almorzar.

Había queso suficiente para los dos. No sé, creo que, si le hubiera dejado comer tranquilo, habría bostezado y luego se habría rascado la tripita.

sábado, 11 de febrero de 2012

UNA HISTORIA DE SAN VALENTÍN

Imagen: Vampiro. Autor: Munch.

Pasean por el parque. Ella nota un temblor en la mano de él, que envuelve la suya. Sabe lo que le va a preguntar, lo adivina en su voz mientras comenta lo templada que está la tarde.

Ella lo arrastra hacia unos setos tras los que sabe que las parejas jóvenes se esconden para amarse en secreto.

Salen de detrás de los setos. Les tiemblan las piernas. Ella le hace una carantoña casi inocente. Él la besa muy cerca de la oreja y deposita con mucho cuidado, dos palabras.

Caminan despacio bajo el cielo de la tarde, atraviesan calles frías hasta la residencia de paredes adornadas con corazones rojos y tarjetas con dibujos de angelitos desnudos.

Antes de entrar, él saca un pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta y limpia una mancha de sangre de la comisura de la boca de ella.

martes, 7 de febrero de 2012

HABITACIÓN 150

Imagen: Hospital Materno de Granada, en el blog: El mundo del terror y la ciencia ficción


Me despierto sobresaltado, la luz inunda la habitación 150. Es mediodía. He pasado casi toda la noche trabajando; los papeles permanecen sobre el pequeño escritorio. Siento el impulso de asegurarme que nadie ha tocado los informes.

Es un caso sencillo, tan sólo he de concretar los términos del contrato con el tipo de la constructora. La empresa sacará pingües beneficios con esta operación. Es un caso sencillo y, sin embargo, me siento extrañamente agitado.

Tengo que esperar al contacto en una cafetería cercana; vestirá de oscuro, lo reconoceré por el alfiler de corbata, una rara joya cuya descripción he aprendido de memoria: un pequeño rubí tallado en forma de corazón engarzado en un rombo de oro blanco y diamantes. Yo estaré sentado en una mesa reservada a nombre de Luis Jiménez; él se acercará y me dará la contraseña, entonces haremos el intercambio.

Me acerco a la mesa, el montón de legajos permanece intocado, o eso parece a simple vista. Me siento sin encender la lámpara flexo; la luz que entra por la ventana es suficiente. El informe de impacto ambiental ha desaparecido. Un sudor frío me hace temblar. Busco un cigarrillo olvidando que dejé de fumar hace un mes. Pulso un botón en la cabecera de la cama y pido que me suban un paquete de Marlboro.

Mientras espero repasaré los informes, por si se hubiera traspapelado. Siento un cosquilleo húmedo en las manos; sin ese informe no puede haber trato y la gente para la que trabajo no se anda con bromas, han invertido demasiado dinero en este asunto, además, hay un pez gordo de un ministerio metido en el ajo, uno de esos tipos que se asustan si algo no sale bien.

Puedo imaginar lo que me harán. Llevo el tiempo suficiente en esto para saberlo. Parecerá un accidente o un ajuste de cuentas entre bandas rivales; eso es lo de menos. Apareceré en un descampado cosido a puñaladas. Será un trabajo sucio, les gusta regodearse. Me atarán las manos a la espalda y empezarán a golpearme con puños de acero, después brillarán las navajas buscando órganos y arterias.

Empiezo a sentir el dolor de los golpes, la habitación gira ante mis ojos con cada puñetazo. Estoy mareado; ya no tengo el aguante de los viejos tiempos.

Abro los ojos. Es increíble, me he quedado dormido sobre el montón de informes. Aún faltan un par de horas para la cita, tengo tiempo de pensar. Si no me dolieran tanto los ojos sería más fácil concentrarme. Los cierro, aprieto los párpados hasta que la habitación se deshace en una oscuridad roja.

Se me ocurre que puedo acudir a la cita con los demás informes, no creo que el tipo de la constructora los compruebe allí mismo, puede que tenga tiempo de huir, pero ¿adónde? Esa gente tiene negocios por todo el mundo, no tardarían en encontrarme y entonces los puños, las navajas, o un artefacto en el coche.

No sentiré nada. Un ruido extraño en el motor al arrancar, algo casi inaudible y la explosión del amonal. La policía buscará a estos o aquellos terroristas y la Compañía quedará libre de sospechas. No será la primera vez.

Miro a mi alrededor. Me sorprenden las paredes desnudas, de un blanco cegador, es curioso que no me haya fijado antes. La cama es individual y no hay ningún mueble, salvo una pequeña mesa auxiliar sobre la que ya no veo las carpetas con los informes. Hay algo más, llevo puesto un pijama verde como los de los hospitales. ¿Es posible que esté en un hospital? ¿Cómo diablos habré llegado aquí?

Necesito fumar, ¿dónde se han metido los del servicio de habitaciones? Hace ya una hora que he pedido que me suban tabaco.

Dos golpes suaves en la puerta, ¡por fin! Cogeré los cigarrillos y no daré propina al botones, ha tardado demasiado.

Abro la puerta y en el marco se recorta la figura de un hombre alto, vestido con un traje oscuro. Mis ojos se clavan en un alfiler de corbata cuya descripción he aprendido de memoria.

- Soy el doctor Alonso – me dice mientras tiende la mano a modo de saludo. –Tiene que venir conmigo. Le he traído su ropa.

Algo dentro de mí se niega a seguirle. Es como si ese alfiler de corbata hubiera disparado todas las alarmas en mi cabeza. Sé que va a matarme.

Me vestiré mientras me apunta con un revólver calibre 9mm. Caminaré delante de él hasta el garaje donde subiremos a un utilitario blanco, o tal vez oscuro. Me pedirá que conduzca mientras me sigue apuntando y me indica por dónde he de ir. “Gire aquí a la derecha, siga recto hasta el próximo cruce, gire a la izquierda…” Me llevará a las afueras de esta ciudad que no conozco. Entraremos en alguna nave industrial abandonada y allí…

- ¿Cómo se encuentra, amigo? Menudo golpe. Su coche patinó por la lluvia y se fue a estrellar contra un muro. Me sorprende verle consciente. Su amigo está bien, sólo tuvo algún rasguño y una ligera contusión, insiste en verle a usted, ¿lo dejo pasar? Bien, pero no se esfuerce por hablar, no le conviene.

Entra un hombre de mediana estatura bien trajeado, dice algo a los dos que me sujetan y van tras él dejándome caer contra el suelo. Casi no puedo abrir los ojos, pero distingo al doctor Alonso sentado sobre una mesa al fondo de la sala. Sonríe con malicia mientras juega con un objeto metálico. Se acerca esgrimiendo el puño de acero.

- Vamos, habla o será peor para ti. ¿Qué has hecho con el informe de impacto ambiental? Vamos, no seas así, ¿sabes? yo te comprendo, querías más dinero. Es natural, todos queremos más, siempre más, es la base de los negocios. Pero te has equivocado, has mordido un pastel demasiado grande.

No le respondo, sé que no va a creer que he perdido esos malditos documentos. Levanta el puño americano, la escasa luz de la sala arranca violentos destellos al metal.

Abriré los ojos y estaré tumbado en una cama de hospital, en la habitación 150. El enfermero levantará una jeringuilla, la luz fluorescente brillará al chocar contra la aguja.

- Un poco de morfina. Te ayudará a dormir.

La droga entra en mis venas, llega rápida al cerebro. Es como si me hubieran golpeado la cabeza. Pierdo el conocimiento.

Sigo tumbado en el suelo de hormigón de un almacén abandonado. Alguien me ha echado un cubo de agua fría. El doctor Alonso acerca una silla y se sienta a mi lado.

- ¿Sabes el trastorno que nos has causado? Ahora podría estar en cualquier sitio, tomando el sol en un parque con mis hijos o follándome a una puta de mil euros y, en lugar de eso, estoy en esta mierda de almacén tratando de averiguar qué ha podido hacer un tipo como tú con un informe falsificado. Te envidio, lo digo en serio, para ti todo acabará pronto.

Tiene razón, la habitación irá perdiendo sus contornos y empezará a girar, fundiéndose en una espiral de tinieblas que me arrastrará con fuerza incontestable y ya no me importará nada de lo que puedan hacerme.

lunes, 9 de enero de 2012

HALLAZGO


No quiero ser poeta. Nunca me ha interesado sentarme en las piedras del camino a mirar las nubes, ni despreciar el dinero y menos en tiempos de crisis. Pero cuando tropecé con aquel libro, en lugar de darle una patada, lo recogí y olí las páginas. Tuve una sensación que no sabría definir y las vallas publicitarias eran gritos en dos dimensiones. Metí aquel objeto en la bolsa del gym, en vez de tirarlo a una papelera.

En casa abrí el volumen, empecé a leer. Me dolió la cabeza. La locutora de las noticias hablaba de los tipos de interés mientras la pantalla mostraba una montaña rusa en la que los números reían cuesta abajo. Pensé en mis acciones subiendo penosamente largas cuestas para luego caer en picado, dando gritos de auténtico placer. Debería haberme sentido preocupado y, sin embargo, empecé a reír como un loco al imaginarlas con sus bracitos de IBEX 35 levantados y gritando mientras se deslizaban por el índice DOW JONES.

No quiero ser poeta. Pero puedo pasarme horas mirando los tejados hasta que se convierten en escaleras por las que trepan las nubes.

jueves, 15 de diciembre de 2011

UN CUENTO DE NAVIDAD (2ª PARTE)



En tan sólo dos semanas tenía el borrador sobre la mesa del señor Sanguino. El despacho era imponente, amplio, bien iluminado, estaba situado en la última planta y contaba con ascensor privado. La decoración no le gustaba, resultaba demasiado “kitsch” para alguien con tanto dinero. Esto le reafirmaba en su idea de que el dinero podrá comprar los mejores cuadros, o los muebles más caros, pero no puede comprar el gusto. El señor Sanguino era el típico ejemplo de “self-made-man”, el hombre hecho a sí mismo que, partiendo de unos orígenes humildes, había conseguido escalar hasta los puestos más altos.

Sonriendo con condescendencia mientras dejaba el guión sobre el escritorio de caoba, le dijo: “No está mal, pero nuestro público no quiere una obra tan… ¿cómo decirlo?, tan “dramática” – y subrayaba las comillas con un gesto de los dedos, siempre las subrayaba con ese odioso gesto – Verás, amigo Pablo, yo pensaba en una adaptación moderna, algo más ágil, algo así como una comedia, pero una comedia “actual”. ¿No te parece demasiado fuerte que el jefe de ese pobre diablo sea tan… “malo”? No sé, tú eres el creativo, busca algo más acorde con nuestro programa, algo que al público le guste ver.”

- Perdone, señor Sanguino, pero la obra de Dickens…

- Dickens, olvídate de ese escritor, tienes que crear, por algo eres un “creativo”, toma su idea, sí, pero no esclavices tu talento a lo que contó un viejo escritor del siglo no sé cuántos.

- Diecinueve, señor, es un escritor del siglo diecinueve, y no era tan viejo, cuando escribió “Cuento de Navidad” sólo tenía treinta y un años.

- Bueno, como sea, ¿crees que a nuestros espectadores les interesa lo que ocurría en no sé qué país en el siglo diecinueve?

- En Inglaterra, señor, la obra está ambientada en Inglaterra – la ignorancia de su jefe empezaba a sacarle de sus casillas, le costaba no perder la compostura, pero logró calmarse pensando en los regalos que compraría a sus hijos con el dinero extra que le iban a pagar por el encargo.

- Pues eso, ¿a quién puede importarle “a día de hoy” una historia como esa? No, querido muchacho, la gente quiere verse reflejada en las historias que se les ofrece, no sé, podrías ambientarlo en Andalucía, son tan cachondos los andaluces… podríamos contratar a ese dúo de humoristas para los papeles protagonistas… y que de pronto, salten con lo de “Joshuaaaaaa”, podemos hacer que el hijo enfermo de ese pobre diablo se llame Joshua, eh, muchacho ¿qué te parece? Muchacho, ¿me estás escuchando?

Pablo estaba mirando la librería que ocupaba la pared tras el escritorio del señor Sanguino, una de esas librerías de madera oscura que había rellenado con libros comprados al peso. La mirada se le había quedado pegada en el lomo de un libro grueso donde se leía en letras doradas: “CHARLES DICKENS’ COMPLETE WORKS”.

- Disculpe, señor, estaba admirando su librería…

- Ah, estos intelectuales y su afición por los libros. Anda, pasa y mira a gusto. Te decía que podríamos contratar a una pareja cómica para los papeles protagonistas – la mano derecha de Pablo voló hacia el volumen de las obras completas de Dickens la calva del señor Sanguino relucía indefensa - ¿conoces a ese dúo que te digo? Yo es que es verlos y no puedo parar de reír – la voz del señor Sanguino llegaba amortiguada por las palabras del joven escritor inglés: “MARLEY was dead, to begin with. There is no doubt whahtever about that(…).” Ah, sí, “Marley había muerto”, “muerto”, “muerto”.

UN CUENTO DE NAVIDAD (1ª PARTE)



- No entiendo cómo no se defendió, ni siquiera está atado y el forense asegura que no tenía drogas en el organismo.

- Yo tampoco me lo explico, no sé cómo coño voy a redactar el informe. Es muy extraño. Creo que lo más posible es que le pillara desprevenido.

- Sí, se le ponen a uno los pelos de punta. ¿Cómo puede llegar alguien a matar a un tío como éste a golpes con un volumen de las obras completas de Dickens?

- Este caso me pone de los nervios. Y además, en Nochebuena… Debió de emplearse a fondo con el pobre diablo para llegar a matarlo a golpes con un libro. ¿Te has fijado en el tío? Míralo, está como ido, ahí sentado, no ha hecho falta ni reducirlo, cuando llegaron los agentes se limitó a levantar la cabeza y decirles “lo he matado”. No se ha movido de esa silla desde que lo detuvieron y no para de repetir “Marley no sé qué”

- “Marley was dead”. Es inglés, es algo así como “Marley había muerto”

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Dos semanas antes, el señor Sanguino, productor ejecutivo de Tele-pantalla, estaba hablando con Pablo Matamoros, guionista de la misma cadena. Le encargó una adaptación de Cuento de Navidad de Dickens para el especial de Navidad del programa estrella de la cadena, “cuenta conmigo”. Pablo pasó las siguientes semanas emocionado por el proyecto, por fin podría firmar un guión él solo sin que su nombre se perdiera entre el conjunto de guionistas del programa. Y encima una adaptación de Dickens, al fin un trabajo interesante. Llevaba diez años trabajando en Tele-pantalla y era la primera vez que se alegraba de trabajar en aquella empresa desde que saliera de la facultad, donde había estudiado Literatura Inglesa.

“Dickens –pensaba- por fin puedo trabajar con material de primera”. Hasta entonces se había dedicado a escribir guiones para ese programa de sobremesa donde los tertulianos se pasaban dos horas y media gritándose unos a otros. Pero al fin la suerte parecía sonreírle.


No os perdáis el desenlace en la próxima entrega, el día 25 de diciembre, en este mismo blog.