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lunes, 25 de febrero de 2013

LA MADRE VIRGEN

Imagen: Anunciación. Autor: Fra Angelico (1400-1455)


En la antigua ciudad de Nazaret, vivió en esos días, una joven virgen llamada María; se había casado con un carpintero que se llamaba José. Aún no vivían juntos y no se habían conocido carnalmente. Pero, he aquí que María se levantó una mañana muy temprano, con unas fuertes náuseas que la hicieron vomitar el desayuno; no le dio mucha importancia, pensó que los palominos escabechados de la cena le habían sentado mal.

    Con el tiempo, la tripa empezó a hinchársele y las gentes comenzaron a murmurar. Unas semanas antes de este acontecimiento, había llegado a Nazaret un apuesto criador de palomas a quien María compraba pichones que, escabechados, eran uno de los platos preferidos de la joven. Las malas lenguas empezaron a preguntarse cómo podía comprar pichones siendo pobre, como era.

    Mientras esto sucedía, José trabajaba en su taller. Era un hombre sencillo que nunca pensaba mal de nadie, pero tampoco era tan necio que no le llegaran las murmuraciones, por lo que empezó a sospechar que algo extraño estaba pasando; tuvo que considerar la posibilidad de repudiar en secreto a su joven esposa, para evitarle la vergüenza de andar en boca de las comadres; porque, aunque la amaba profundamente, no estaba dispuesto a criar al hijo de otro hombre.

    Así, un día que estaba terminando de barnizar una silla de madera de olivo, María apareció por allí con el almuerzo.

- Oye, María, dice la gente que estás embarazada y, como aún no hemos tenido conocimiento carnal y me aseguras que mantienes intacto el virgo, pues, no sé, chica, me extraña un poco, la verdad.

-¡La gente, la gente! -exclamó la joven esposa dejando el cesto sobre la mesa del taller- mira, José, mi Joselillo, puede que haya engordado un  poco, pero no creo que sea para tanto. A lo mejor estoy nerviosa por venirme a vivir contigo, ¿no has pensado en eso? Al fin y al cabo, soy virgen y me da temor eso del débito conyugal… De verdad, José, no pensé que fueras tan egoísta.

-Bueno, mujer, tampoco hay que enfadarse. Es verdad que la gente siempre está murmurando. Entonces, María, queridita mía, ¿me juras que no me has engañado?

-Te lo juro. ¡Ay!, estos hombres, qué caso hacéis de lo que dice la gente.

    José se dio por satisfecho con la explicación de María y no volvieron a tratar el tema. Pero el tiempo pasaba y a la esposa cada vez se le notaba más la tripa. Una noche, ya viviendo juntos, habían cenado pichones escabechados; José despertó sobresaltado al notar que, en la tripa de María, se había movido algo.

-Oye, María, ¿guisaste bien los pichones?
-Pues claro -contestó adormecida- ¿por qué lo preguntas?
-Juraría que uno no estaba bien cocinado y quería salir volando de tu vientre.
-No digas tonterías y duerme, mañana tienes que entregar esas baldas a Jeremías.

    A la mañana siguiente, José no fue al taller. Había dormido mal dando vueltas al asunto de los pichones. Cuando María volvió del mercado y lo vió cariacontecido en la puerta de la casa, supo que estaba perdida; José la repudiaría y sobre ella caerían, de golpe, el oprobio y la vergüenza. Tenía que pensar algo, y rápido.

-Tenemos que hablar, querido.
-¡Lo sabía! ¡Ese criador de palomas…!
-No es lo que crees, José, deja que te explique.
-Habla, mujer.
-Un día, estando yo en casa de mi madre, haciendo mi labor para el ajuar, se me apareció un ángel del Señor y me dijo: “Alégrate, pues Dios te ha elegido para engendrar a Su Hijo que salvará a la Humanidad del pecado.” ¿Cómo podía negarme yo, una pobre mujer, a cumplir la voluntad de nuestro Dios?

    José había escuchado acariciándose las barbas, pensativo. ¿Y si era verdad? Los milagros ocurrían, a veces… Él, José el carpinero, padre putativo del Hijo de Dios. Eso le daría prestigio, sería bueno para el negocio, quizá podría ampliarlo y contratar un aprendiz y atender los pedidos de las casas de los ricos y famosos, quizás, incluso le encargaran muebles para el palacio de Poncio Pilato.

-Está bien, María, chiquita mía, criaré al Hijo de Dios.
-No esperaba menos de ti, José, mi Joselillo. Anda, dame un beso.
-¿Qué has traído para el almuerzo?
-Pichones escabechados.

lunes, 18 de febrero de 2013

SOLO CON LOS MUERTOS

Imagen: Danse Macabre. Autor: Michael Wolgemut (1434-1519)

Sólo con los muertos quiero hablar hoy,
 despertarlos y quemar
los escaparates de la madrugada.

Sólo con los muertos quiero bailar
esta noche, y brindar
con el diablo
y que me cuente cómo he llegado
a desear esta destrucción.

Sólo con los muertos puedo luchar hoy,
y que me hablen de sus revoluciones
mientras arden las calles.

Sólo con los muertos puedo entenderme
esta noche, y pisar
los escombros de la civilización.

Sólo con los muertos quiero hablar hoy,
y brindar con el diablo
por toda la belleza que hay
en las cicatrices.

Sólo con los muertos quiero bailar
esta noche sobre las cenizas
de todo lo que tiene que arder.

Sólo con los muertos puedo luchar hoy,
y sentir su voz putrefacta
acariciando con rabia la indiferencia.

Sólo con los muertos quiero hablar hoy,
solo, con los muertos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

ENFERMO DE POESÍA




Vengo enfermo de poesía,

lo acredita el cenicero

cargado de humo y de rimas.



Hago pájaros de papel

para que canten conmigo,

porque cuando tú te vas

me canso de casi todo.

Apago el sol de la mesa

y rezo una jerigonza

que aprendí cuando la fe

en que cabía la vida

en un solo verso.

Pero no estás y me sobra

casi todo.

Me pierdo buscándote

en mapas de amor,

agoto los diccionarios

tras la rima de tu nombre.

No cantan los pájaros

porque te has marchado

y me sobra casi todo.

lunes, 28 de enero de 2013

ENTRE LAS RUINAS



Entre las ruinas del mundo, sin dirección bajo una lluvia espesa que cae en silencio. El peso de los años marca el rumbo de mis botas. Hace tiempo que perdí el camino y voy sin dirección entre las ruinas del mundo.

Camino pesadamente, con la torpeza de la carroña. Los ojos fijos en un horizonte derruido por la locura de los hombres.

Entre las ruinas del mundo solo, rodeado de silencio, hablo con las voces de mi cabeza que no dejan de susurrarme que el fin está cerca.

Camino pesadamente (el fin está cerca –dicen las voces en el silencio–). Ansío el descanso pero, no puedo detenerme. En algún lugar encontraré el reposo, pero aún no.

Entre las ruinas del mundo, sin dirección, sigo las huellas de caminos que una vez existieron. He encontrado restos de una hoguera y hay una casa que conserva parte del tejado. Pero sé que no puedo detenerme mientras el silencio lo llena todo.

Camino pesadamente y algo indica que el fin está cerca. Pero, todavía no; aún tengo que encontrar algo que he perdido entre las ruinas del mundo.

Entre las ruinas del mundo se abren agujeros donde se pudre lentamente la humanidad. Miro al horizonte derruido y pregunto en voz baja “¿Esto es todo?” El viento pasa sin ruido entre las ramas de los árboles, debería sonar como un chocar de huesos. “Esto es todo”, digo en voz baja y sé que el fin está cerca.

Camino bajo un sol pesado de mediodía. Encuentro un campamento, me reciben amigablemente; hombres, niños, mujeres deformados hasta la pesadilla, intentan sonreír con los restos de lo que fueron caras y cantan alrededor de la hoguera…

...Me cantan a mí, muerto entre todas las canciones.

lunes, 21 de enero de 2013

CON TODOS

Imagen: "Kentucky Flood. Margaret Bourke-White (1904-1971)

Con los ojos de todos los hombres veo, y con todos sus oídos oigo; muero con todos los que mueren, y sufro y lloro por cuantos heridos quedan abandonados (…)”
    Leónidas Andreyev (Risa roja, parte II, fragmento
XV)


Con ojos de otro,
con los ojos de todos
los hombres, veo. Y oigo
con los oídos de todos.
Con todos los que mueren,
muero. Con todos.

Cuando los cuerpos caen
contra el asfalto helado,
se hiela mi cuerpo y se rompe
en pedazos que enseño como dientes.
Cuando una madre llora
el hambre de sus hijos,
cuando un parado aprieta
los puños con rabia encallada,
siento esas hambres
y siento también esas uñas
clavándose en mis manos.

Con ojos de otro,
con los ojos de todos, miro
y escucho con los oídos
afilados del hambre
y también aprieto los puños
y muero con los otros,
con todos muero.

Cuando un niño empuña el fusil
y se le hiela la mirada
mis ojos de deshacen
en lágrimas inútiles, y ven
el terror desnudo, esparcido
por las cunetas.

Muero con todos los que mueren,
con los oídos de todos oigo
y veo con los ojos de todos.

viernes, 11 de enero de 2013

COSAS

El paso de los años deja un cúmulo de astillas.
(Luisa Castro)


Alguien abandonó debajo de la escalera
un par de botas sedientas,
la bombona de butano
y un abrigo rancio.

Y también una tristeza seca
que empieza a escocerme
en los ojos.

jueves, 6 de diciembre de 2012

TARDE DE VERANO




            Era una de esas tardes de domingo en que uno sabe que lo mejor que puede hacer es quedarse en el sofá y dejar que el ventilador alivie algo el calor con una suave corriente de aire. Fuera, el sol castigaba el asfalto y los edificios parecían derretirse.
            Busqué en los cajones y logré reunir cinco euros en monedas de diez y veinte céntimos. Con el botín a buen recaudo en mi bolsillo, me dirigí a uno de los pocos videoclubes que aún sobreviven heroicamente en la ciudad, dispuesto a alquilar algo realmente bueno.

            El local estaba desierto; Álvaro, el encargado, luchaba contra el calor y el tedio bebiendo una Mahou y mirando una peli antigua en la pequeña pantalla que oculta bajo el mostrador.
            - Buenas.
            - Hola, vaya calor ¿eh?
            - Sí, parece que los edificios se derriten. Oye, ¿tienes algo bueno?
            - ¿Qué? –dijo mientras apretaba la pausa del mini-DVD- ¿una de esas tardes?
            - Sí, joder, una de esas. Oye, tengo ganas de tirarme en el sofá con una cerveza helada y, al menos, noventa minutos de entretenimiento “made in Hollywood”; así que dime si te ha llegado algo que merezca la pena.
            - Vaya, hoy no estás para sutilezas ¿eh?
            - No quiero perder el tiempo. Al menos en casa tengo un ventilador. Por cierto, ¿cuándo coño vas a arreglar el aire acondicionado?
            - Está bien, deja que mire el archivo de las curiosidades.

            Estuvo mirando durante cinco eternos minutos que aproveché para inspeccionar los clásicos que languidecían cubiertos de polvo en la estantería del fondo.
            Encontré una versión remasterizada de “Con faldas y a lo loco”; devolví la sonrisa a la cara de Marilyn que llenaba la carátula.
            -Me llevo esta.
            -Es una buena elección; la han remasterizado con las últimas técnicas de restauración de audio y video. Tío, la he visto y te juro que parecía que Marilyn quería salirse de la pantalla.
            -No necesitas venderme las virtudes de la cinta –atajé- Me la voy a llevar de todas formas.

            Pagué el alquiler del DVD y volví a la suave corriente de mi ventilador.
            Paré la peli para acercarme la segunda cerveza de la tarde. El fotograma elegido por la sed y el azar era un primer plano de Marilyn. Lo miré atentamente durante unos segundos. Creo que murmuré algo así como “ojalá fueras real” y fui a la cocina.
            Mientras abría la nevera, me pareció oír una voz familiar en el salón.
            -Mierda –mascullé con la boca llena de espuma de cerveza- ha saltado la pausa.
            Volví al salón. La cerveza resbaló de mi mano y una sensación difícil de describir se apoderó de todo mi ser.
            -Has derramado tu bebida –dijo Marilyn Monroe con la sonrisa más encantadora que el maestro Billy Wilder jamás pudo arrancarle para las cámaras.
            - Yo… tú… yo… eres… pero… -acerté a balbucear mientras mi boca se quedaba encajada en una apertura imposible. Ella se levantó del sofá, se acercó a mí con pasos cortos y me cerró la boca con su mano.
            -Pero… ¿cómo? Quiero decir… estoy encantado de conocerte, Marilyn.
            - Por favor, llámame Norma; vamos a ser amigos y los amigos se llaman por sus nombres reales ¿verdad? –y dijo mi nombre; el vértigo hizo girar el mundo hasta desvanecerlo, mientras las letras que me nombran rebotaban en sus dientes perfectos y resbalaban por sus labios carnosos y cálidos.
            -Norma. –pude articular después de varias eternidades de silencio estupefacto. Ella rió con un sonido cristalino y me pidió algo de beber. Preparé unos cócteles con la torpeza de un niño con párkinson. Brindamos y bebimos.
            -Norma –al repetir su nombre sentí como si un montón de gusanos hubieran culminado su metamorfosis en mi estómago.
            -¿Sí? –dijo mientras dejaba la copa sobre la mesa.
            -Yo… debes disculparme, pero, ¿cómo rayos has salido de la pantalla? ¿Estoy alucinando? ¿Eres real?
            -¿Por qué no me tocas y te convences? –susurró a mi oído con una voz de terciopelo y dejó caer un beso suave en el lóbulo de mi oreja izquierda. –En cuanto a lo de salir de la pantalla… Oh, bueno, es algo complicado pero creo que lo puedo resumir diciendo que te oí desear que fuera real y quise conocerte, algo en tu voz hizo que me fijara en ti. No creo que pueda explicarte, exactamente, cómo salí de ahí y me encontré aquí.
            Subrayó los adverbios de lugar con su dedo índice y una sublime expresión de asombro en los ojos.
            -Cielos –dije reprimiendo mi leguaje habitual –Eres realmente tú. Pero, –y me fijé en un detalle que, hasta entonces me había pasado inadvertido –vaya, estás en blanco y negro. No es que me moleste, pero me resulta extraño…
            -Claro, cielo, yo estaba en una peli en blanco y negro. No debería extrañarte tanto. En cambio, sí me noto la voz algo rara.
            -Sí, es por el doblaje; estás doblada, si no, no podría entenderte.
            -¿Doblada? Vaya, esto sí es raro. ¿No podrías hacer algo para que no sonara tan extraña?
            -Puedo poner el DVD en versión original.
            -Hazlo, por favor.
            Apreté el botón de idiomas y seleccioné “English”, sin embargo seguía en versión doblada. Aventuré una hipótesis.
            -Quizá, si saco la película y la vuelvo a poner, esta vez en versión original, podría solucionar lo de tu voz.
            -Inténtalo, por favor, no soporto hablar con una voz prestada.

            Saqué el disco y, al instante, la bella Norma Jean se desvaneció de mi lado. Volví a poner la película, encontré el fotograma exacto y apreté la pausa. Ahí estaba Marilyn, congelada en el preciso instante en que deseé que fuera real. Esta vez, en lugar de materializarse en mi sofá, permanecía atrapada en la pantalla. Me pareció advertir un gesto de resignación en sus ojos y, al volver a poner en marcha el DVD, creí ver que sus labios formaban las letras de mi nombre.
            No devolví la copia al video-club. A Álvaro le dije que la había perdido; tuve que aguantar sus reproches durante cuatro meses y pagar los veinte euros de multa.

            Cada vez que veo “Con faldas y a lo loco” me fijo en un primer plano de Marilyn Monroe, y le sonrío, deseando que Norma Jean vuelva alguna vez, para terminar el cóctel que dejamos a medias aquella tarde de verano.