Vino el lobo, llamó a la puerta,
atildó la voz haciéndose pasar por Mamá, pero yo sabía que era él.
Mis hermanos querían abrir la puerta, tuve que
matarlos. Yacen en el suelo, pudriéndose lentamente y me miran con una
interrogación en los ojos.
Ahora el lobo ha conseguido un hacha. Oigo los golpes
en la puerta; el acero ha astillado la madera y estoy solo.
"Sabed que soy el monarca de estos dominios y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de «Rey Peste I» (...)" (Edgar Allan Poe).
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miércoles, 18 de junio de 2014
viernes, 7 de marzo de 2014
BALADA TRISTE DE POETA (Palabras para un poeta muerto)
No nos engañemos Leopoldo
ambos sabíamos que esto iba a pasar
y, a pesar de ello
en este pasar me quedan tus versos
alucinados
los litros de cocacola
y el poemario de Mondragón
perdido en algún rincón de Nevermore
La radio ha dicho tu muerte
entre intranscendencias
que hacen más doloroso el duelo
verti, seguros para
gente despierta
mientras el poeta duerme
para siempre sin sueños ya
voceros de la incultura general que asola España
dicen anécdotas del loco
que jodía programas y tertulias
que llegaba horas antes
para hincharse de cocacolas
quizá para aplacar el fuego que hervía sus sesos
No nos engañemos Leopoldo
ambos sabíamos que la muerte es una amante
fiel que siempre llega a la cita
que siempre otorga su beso
como una especie de premio
La radio ha dado tu muerte entre
el café y una magdalena dura
y se me ha inflamado
esa parte del cerebro que se empeña
en esta labor inútil como los cadáveres
que es escribir y quiero
arrancarte la calavera y besar tu boca descarnada
ya te estarás pudriendo con toda la hermosura de lo inútil
los gusanos se alimentarán de tu carroña
y los pedantes seguirán dedicándote palabras tibias
con sonrisas cínicas hablando de tu locura
No nos engañemos Leopoldo
ambos sabíamos que esto iba a pasar
sábado, 1 de febrero de 2014
MIENTRAS TANTO
Los carceleros no lloran y
golpean las mentes abrumadas de las deudas contraídas por el hambre insaciable.
Mientras
tanto, el amor se manifiesta
bajo mantas de
sueño
y cuerpos que
se escurren en bostezos
a la hora de
la siesta.
El
humo de un cigarro arpegia contra la pantalla efervescente antes de asomarse
alarmado por las sirenas que destrozan lo negro de la noche.
Mientras
tanto, acaríciame de sombra,
ahuyenta con
tu beso el miedo,
pulsa las
notas de mi piel y asombra
con el orgasmo
al mismo cielo.
Golpean
la puerta, llaman, llaman, llaman y las sirenas no callan su azul
estroboscópico. Hay dos uniformes en la puerta. ¿Qué haremos con la propaganda?
Golpean la puerta, llaman, braman, ladran.
Mientras
tanto, un pañuelo amarilleado
por el paso de
los inviernos
y olor espeso
de papel quemado
como un espejo
del infierno.
Prodiga
tus caricias a las pelusas de mi ombligo mientras la lluvia intenta fregar la
sangre del asfalto. Prodígame besos de incendio y dejemos que echen la puerta
abajo.
jueves, 21 de noviembre de 2013
OFICIO DE DIFUNTOS
Vestido con mi traje de madera
descansaré al final del camino,
tus ojos no me ven, tus lágrimas
no pueden encontrar el rincón
donde
se me acabaron las penas.
Hoy estreno mi mortaja,
los pájaros han callado su
canción
y las guitarras que no
aprendieron
la música de los muertos,
seguirán calladas por siempre.
Hoy estreno mi mortaja
mientras la vida
sigue saldando futuros
imperfectos
de hombres y mujeres que no
aprendieron
a respirar el aire en un vuelo,
que no supieron del mar
donde se ahoga el canto difunto
de los relojes.
Vestido con mi traje de madera
descansaré cuando se vaya la
luz.
Tus ojos no me ven, tus
lágrimas,
ya recuerdos de tiempo ajado,
no me encuentran
en porqués no preguntados.
Hoy estreno mi mortaja,
las pinceladas de mis párpados
no pintan ya nada en este hueco.
Y llorarás los besos que dejaré
de darte,
las caricias que ya nunca
estremecerán
tu piel. El vello de tu pubis no
temblará ya más
al tacto de mis dedos fríos.
Hoy estreno mi mortaja,
afilaré mis puñales para
defenderme
del frío que no me dejaba
respirar.
Lloras mi ausencia con todo tu
cuerpo estremecido,
con todas tus lágrimas huyendo
desordenadas.
Ya se agotaron los vocablos
que nacieron muertos.
Descanso al final del camino
vestido con mi traje de madera.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
LA CASA DEL SEÑOR ROMÁN
La casa se la compró el señor
Román al padre del farmacéutico; con el dinero pudieron pagarle los estudios.
Era
una casa antigua de labrador que había pertenecido a la familia desde la guerra
con los franceses. No crea que no sufrieron al tener que venderla, pero las
cosas de la vida; ya el abuelo había perdido muchas tierras con los naipes y,
cuando el chico terminó el Bachillerato y les dijo que quería hacer carrera, no
les quedó otro remedio que venderla. Era lo único que les quedaba ya por
entonces. Se fueron a vivir a en ca’ de unos parientes en la capital que les
acogieron con cierto miedo, pues se decía que eran un poco raros. Les gustaban
los libros viejos y tenían montones apilados en la biblioteca, hasta el techo.
Yo no sé qué clase de libros, pero, según el alcalde de aquellos días, que era
hombre leído, había muchos que trataban de magia y cosas así.
Lo
vendieron todo con la casa porque donde los parientes no había sitio, aunque
era un piso hermoso, no crea.
El
señor Román, que había sido notario y vivía de unas rentas, les compró la casa.
Decía que necesitaba la tranquilidad y el aire limpio del pueblo; ya ve usted
también qué capricho, venirse a vivir aquí, que no hay nada, un hombre como él,
acostumbrado al jaleo de la ciudad, los teatros, los cafés…
Conque, el
señor Román se vino al pueblo para la
Virgen de Agosto. Se le veía contento, salía de paseo por la
mañana y, por la tarde, bajaba al café a echar la parlada con los paisanos y a
recoger paquetes de libros, porque, aunque era hombre muy leído, hablaba con
todo el mundo y a todos preguntaba por las leyendas locales y, sobre todo, por
los trijones que se contaban sobre la casa que había comprado. Pero, la verdad,
sabía más él que todos los del pueblo sobre la historia de aquella casona.
Aquel invierno
se le empezó a ver menos por el café. Claro, aquí, cuando viene el hielo no hay
quien pare y, en aquellos tiempos, no había calefacción ni nada. Yo me recuerdo
que aquí, en este mismo café, cuando era yo chiquito, había una estufa de
carbón, que lo traía un hombre de Asturias, y que no calentaba más que a los
parroquianos que llegaban a primera hora y se sentaban al lado. Así que nadie
vio nada raro en que el señor Román no pareciera por aquí más que para recoger
sus paquetes de libros, que le venían de todo el mundo, no crea.
Cada jueves,
que es cuando llegaba el tren burra con el correo, entraba, preguntaba a
Emiliano, el amo de esto por entonces y que también hacía de cartero, si había
llegado su paquete y, cuando se lo daba, pagaba el reembolso y salía con el
hato pegado al pecho, como si lo quisiera proteger del frío. Los del pueblo al
principio no hicieron caso, a lo más, alguno comentaba que había que ver qué
raro estaba el señor Román, que ya ni saludaba al entrar.
Fue al año
siguiente cuando la gente empezó a escamarse por el comportamiento del señor
Román. No era una rareza demasiado rara, no sé si me entiende, sólo que, cuando
llegó el verano, esperaban que el señor Román recuperase su interés por las cosas
del pueblo, pero no pasó. Llegó el buen tiempo y el señor Román seguía su
rutina, cada jueves se presentaba en el café, preguntaba por su paquete, pagaba
el reembolso y se volvía a la casa.
Un
día de junio, llegó un paquete distinto, tenía forma como de frasco. Emiliano
le preguntó qué le habían enviado esta vez. Era primera hora y no había
parroquianos aún. El señor Román, con un brillo como de fiebre en los ojos y la
frente cubierta de sudor, abrió el paquete. Lo que allí había, decía Emiliano
que le dio tal repugnancia que estuvo a punto de darle un manotazo y tirarlo al
suelo. Era, efectivamente, un frasco grande, como estos que uso para macerar
los aguardientes y, decía Emiliano, que dentro había un líquido como amarillo y
en el líquido flotaba un sapo del tamaño de una criatura recién nacida. Tenía
los ojos cerrados, Emiliano pensó que era una de esas cosas que los científicos
guardan en los museos. Se quedaron los dos mirando aquella cosa durante un buen
rato, Emiliano veía la cara del señor Román a través del líquido amarillo,
decía que parecía un loco de esos que salen en las películas que traen los
feriantes en fiestas.
Emiliano
no podía seguir mirando aquella cosa repugnante. De pronto, mientras pensaba en
si el señor Román estaría metido en cosas de brujería, aquello abrió los ojos y
a Emiliano le pareció que le sonreía con maldad, como si se estuviera riendo de
sus pensamientos.
A partir de
ese día, al señor Román no se le volvió a ver por el pueblo… hasta el día que
le encontraron ahorcado de la viga de la sala grande, en esa donde usted quiere
hacer la escuela. Ya le digo yo que nadie va a querer mandar a sus hijos a esa
casa.
El caso es
que, cuando avisaron a la autoridad, encontraron muchas cosas raras en la casa.
Lo primero el olor; el médico dijo que olía como en la morgue del depósito,
donde llevan a los muertos. El señor cura que olía como los santos cuando se
abre su tumba y se les encuentra incorruptos, pero con un no sé qué de malvado.
El señor juez, que vino de la capital a levantar el cuerpo, que olía como las
casas que llevan mucho tiempo cerradas. Yo… bueno, yo era muy pequeño y no
recuerdo muy bien, además, no me dejaron entrar, normal, no era bueno que una
criatura viera semejante espectáculo ¿no le parece? Pero, cuando empecé a
llevar el café, un día, al preparar unas pipas para el vino, el olor del polvo
de azufre que se usa para eso, me recordó aquel otro que me llegó desde la
puerta.
El juez
encontró muchos libros, muchos más de los que ya tenía apilados la familia del
farmacéutico y bastante más viejos y raros. Entre ellos, encontró un cuaderno
con las tapas negras, un “diario” lo llamó. Nadie sabe qué ponía en ese librito
de cuartillas amarillentas, el juez se lo llevó para su casa, para “investigar
posibles causas del suceso”, decía. El caso es que, a los pocos meses de
llevárselo de casa del señor Román, los hijos tuvieron que internarlo en un
psiquiátrico. Dicen que se pasaba las horas muertas hablando con alguien o con
algo que sólo él podía ver, y que hablaba como en latín, pero no en el latín de
la misa, ¿comprende? Nunca volvió a hablar en cristiano y la familia le cogió
miedo, porque miraba como a través de uno, a ese alguien o algo con lo que
hablaba.
Desde
entonces, ni los ladrones han entrado en la casa, dicen algunos que el mismo
diablo ronda entre esas paredes. Por eso a usted le miran así en el pueblo y
nadie irá a esa escuela que quiere usted montar, no en esa casa maldita, no,
señor.
miércoles, 30 de octubre de 2013
NO-POEMA DE INSOMNIO
tac-tic-tac-tic-tac...
no me deja de sonar el reloj.
anuncia que es inútil el grito cada mañana.
...tic-tac-tic-tac-tic...
rompo las rimas. la rima-ma-marca el ritmo. el ritmo es la muerte. inútil como el grito de cada mañana. como
si mañana existiera.
...tac-tic-tac-tic-tac...
no me deja dormir el reloj. marca
el tiempo. como si no supiera que queda poco.
como si no doliera cada hora.
cada hora acerca la muerte.
al fondo. cada vez más cerca.
...tic-tac-tic-tac-tic...
cada tictac acerca el momento. el
momento se fabrica de segundos. minutos. pero primero el segundo. cada segundo
acerca el instante. el infinito no es más que una invención de los matemáticos
y los poetas. el infinito no existe más que en la mente de los hombres y de las
mujeres. por supuesto. elinfinitonoexiste. elinfinitosonlospadres.
...tac-tic-tac-tic-tac...
la eternidad entera cabe en un
orgasmo. o en una buena cagada. cago hebras de tiempo. las tiro de la cadena y
no sirven más que para nido de moscas.
me suena el reloj al ritmo del
corazón. por qué no he muerto aún. me pregunto. la respuesta. el reloj me sigue
sonando. inexorable su paso el tiempo se acerca a este nido de insomnio.
dormirmorirdormirtalvezsoñar.
...tic-tac-tic-tac-tic.
...
viernes, 27 de septiembre de 2013
ROCK DURO
acaricio el vacío con manos
muertas
y en mi oración hay un hueco
amarillo
de niños que van buscando sus
tumbas.
"te quiero antes del frío,
en la mirada de la luna."
huele a las botellas rotas, al
rock
que grita palabras de amor al
aire
rancio de la ciudad en esta noche
que no se acaba nunca.
el rock es chupa de cuero y
navajas
que cortan rodajas de luna llena.
"te quiero antes del frío,
en la mirada de la luna."
se acabó el dinero de las
tarjetas
queda un sudor de olvido y rock
y un miedo incomprensible
en mis manos vacías,
llenas de esta música primitiva
que no permite la cordura
"te quiero antes del frío,
en la mirada de la luna
helada."
le decía al oído
aquella noche que reventó el
mundo
en acordes de rock.
el rock es destrucción
y es niños que van buscando sus
tumbas
y dejan los cadáveres más bellos.
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