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sábado, 3 de septiembre de 2011

EL REY PESTE EN PAPEL


Imagen: portada del número 2 de la revista ENTROPÍA



Saludos, mortales:
Por fin, el Rey Peste, ve publicado uno de sus delirios en papel. Se trata de la revista ENTROPÍA, en el número 2 tuvieron el buen criterio de incluir este relato que, para quienes no logréis encontrar la mencionada revista y queráis leer lo que el Rey Peste ha escrito, reproduzco en esta entrada.
Pinchad en las imágenes para verlas a tamaño completo y... felices pesadillas.

Post Scriptum: El Rey Peste quiere agradecer la colaboración de Manuel Sassoon por el estilismo y el maqullaje y a Luis Mata por la fotografía que ilustra la página 70 de la revista y tercera del relato.





jueves, 25 de agosto de 2011

ALGUIEN




Alguien agrupa las horas

con paciencia de hombre viejo

alrededor de mi casa en ruinas;

miro las heridas en sus manos

y la sangre brota como un hormiguero.

Ya no oigo el murmullo de las aguas

entre las rocas sin nombre:

sólo se oyen las campanas

cerca lejos

tan cerca tan lejos.

¿Quién es aquel que agrupa las horas?

¿por qué viene llamándome por mi nombre?

¿por qué las heridas de sus manos

no me dejan oír el murmullo del agua?


Del libro Tras los muros del silencio. (Inédito).

jueves, 11 de agosto de 2011

CROSSROADS

En la imagen: Robert Johnson.


“(…) y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos.”

(Jorge Luis BORGES)

Ha dejado la casa. Camina vencido por lo irreductible de su viaje. La guitarra duerme en su funda.

Ha caminado, siempre cuesta arriba, hasta el cruce.

Sus botas conservan el polvo de mil y una historias. Conoce los lugares donde se reúnen los vagabundos; sabe la soledad del bourbon en los bares de carretera…

Ha caminado hasta esta encrucijada para comprar su historia a un vagabundo a cambio de los pocos dólares que le quedan.

Las seis de la tarde es la hora fijada; aún le queda tiempo. Enciende un cigarrillo bajo el cielo abrasante de agosto. Despierta las cuerdas de su guitarra y empieza a improvisar sobre una melodía que aprendió en New Orleans o, tal vez, en Memphis (ha andado tantos caminos como los que ha olvidado).

El vagabundo aparece a las seis en punto. Se dispone a guardar la guitarra pero le pide que siga tocando, no hay prisa. Hay algo extraño en aquel tipo. Viste, como él, un traje cansado y gruesas botas de campesino; pero cierto toque denuncia que no es quien pretende. “Bien, qué importa, tiene una historia”.

Le apremia para que hable. El vagabundo sonríe con misterio mientras unas urracas graznan rasgando el calor. Pide un cigarrillo. Mientras exhala el humo con una expresión de placer exagerado, comienza a desgranar su tragedia.

“Mi padre muerto se me apareció en las almenas; desde el infierno me exigía venganza. Su hermano lo había matado. Entonces Ofelia enloqueció y se arrojó al río. El agua la arrastraba hacia el fondo mientras cantaba su canción. Yo ya había enloquecido por aquel entonces o quizá ya había muerto.

Verás, mi hermano me echó un veneno en el oído mientras dormía en el jardín. Pero eso ya te lo he contado ¿verdad?

Mi madre se casó con el asesino de su marido y Ofelia había perdido la razón porque yo maté a su padre o quizá yo maté a mi hermano y me casé con mi madre…”

Algo olía a podrido en aquella encrucijada de Mississipi. ¿Quién era ese pobre demente que confundía nombres y hechos, mezclándolos como un tahúr la baraja para una partida alucinante?

Empezaba a sentirse mal; de pronto el aire se había enfriado. Dio media vuelta para buscar la chaqueta. Cuando se volvió hacia el vagabundo, sólo encontró el filtro del cigarrillo aplastado contra el suelo.

Coge la guitarra y comienza a improvisar sobre una melodía que aprendió en Sant Louis, o tal vez en Dinamarca cuando fue rey…

viernes, 5 de agosto de 2011

DELICATESSEN POÉTICA



CALAMARES A LA ROMANA

Rebozados clasicistas

salen del hirviente foro.

Los cefalópodos de oro

presumen de nobilitas

y sabios renacentistas.

A pesar de la censura

que sufrió su pluma dura,

no los desprecies, Ovidio,

que no merecen olvido

de ninguna dentadura.

viernes, 29 de julio de 2011

BORRADOR (o la musa asesina).

Imagen: Sin City, de Frank Miller.


A veces un verso
se niega a salir de mis ojos,
los dientes se cierran hasta el dolor para que no huya
boca adelante.

A veces los dedos
me parecen
bloques de cemento y
no encuentro la forma de dejar de golpear el teclado, buscando una salvación que no existe.

A veces,
un dolor sordo se me instala
en el sitio de la memoria y
no quiero enjugar las lágrimas que
escapan por los poros.

A veces te presiento entre las sombras, tus pies desnudos no despiertan el polvo de los pasillos y sé que eres quien vendrá a matarme,

dejo una navaja en el mueble de la entrada.

Una navaja afilada y abierta
en el mueble de la entrada.

A veces me
quedo mirando el filo
de las cuchillas
y parece que me haces un guiño de acero,
y sé que el momento llegará pronto.

A veces
no puedo dejar
de ensuciar el papel,
como si la única salvación posible fuera enlazar
palabras buscando un sentido que acaso no tengan.

A veces tengo la certeza de que,
sólo muriendo,
acertaré a explicar la inutilidad de arrugar el poema.

A veces quisiera una voz más áspera
y dejo una navaja abierta.

En el mueble de la entrada,
una navaja que me invita a la nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

FRENTE AL TELEVISOR

Imagen: Pistolatv. Collage digital.


Una mujer entra en su casa (un hogar humilde, con muebles viejos). Su marido (camiseta de tirantes con manchas de sudor en las axilas y calzoncillos) descabeza una siesta frente al inevitable aparato de televisión. El volumen está muy alto y la sala permanece en una perfecta penumbra, iluminada por los destellos que escapan de la pantalla.

La mujer empieza a desembolsar la compra en la cocina y dice algo al hombre, que no responde. Con gesto maternal mete un paquete de seis cervezas en el frigorífico y acude al salón donde tendrían que oírse los ronquidos del hombre.

En la pantalla, unos policías se felicitan por la resolución de su último caso. Un casquillo de bala fue la clave. Brindan con vasos de plástico llenos de café. Aparecen los títulos de crédito sobre la fotografía fija.

La mujer se ha sentado en una silla, al otro lado de la mesa camilla sobre la que suda una lata mediada de cerveza.

Normalmente, el hombre despierta en cuanto acaba su serie favorita, apura la media cerveza y va al baño; es el momento en que ella cambia de canal para ver algún documental de animales. Pero hoy no se mueve. Ni siquiera resopla como una ballena azul.

La mujer siente una congoja, se agarra el pecho y niega con la cabeza mientras se acerca al hombre, que no respira.

Enciende la luz de la lámpara y descubre un agujero del calibre 22 en la frente del hombre.

En el suelo, a los pies del mueble de la televisión, un casquillo idéntico al que ayudó a los policías a resolver el caso.

martes, 5 de julio de 2011

NADA ORIGINAL

Imagen: Jeringuillas en un descampado de San Blas. Miguel Gener.

(Dedicado a la memoria de los amigos ausentes)

Hoy he estado pensando en mi amigo, le llamaré Carlos. Carlos y yo nos conocimos hace tanto tiempo que he olvidado cómo fue. No importa.

Éramos tan jóvenes que me parece imposible. Nuestras vidas navegaban aún entre la infancia y lo que resultó ser la juventud. Nuestras voces cambiaban haciéndonos emitir unos gallos horribles mientras bebíamos las primeras cervezas o fumábamos el primer pitillo, escondidos, temiendo que alguien nos viera y se lo contara a nuestros viejos y que éstos cumplieran su amenaza de hacernos tragar el cigarro, encendido y todo, de un guantazo. Los primeros tragos del coñac robado en casa de la abuela. El primer rollo con una chica, los nervios, la excitación, sus pechos firmes, la suavidad de sus muslos… “No se lo cuentes a nadie”, las risas de los otros a los que, naturalmente, se lo había contado todo. El primer porro, sensaciones que el coñac y la cerveza no saben dar; la risa en el tiempo que se condensa y se estira como una goma o se derrite como en aquel cuadro de Dalí…

Crecimos, encontramos trabajos, novias, esposas, hijos. Años sin vernos, sabiendo por otros lo que es de nuestras vidas.

Carlos empezó a meterse en líos: pequeños robos, tráfico de hachís, una temporada en una clínica de desintoxicación… No hace mucho le pillaron con varios cientos de pastillas, una temporada en la cárcel…

Una historia nada original.

Cuando salió todo seguía igual, con esas pequeñas diferencias que nos hacen pensar que todo ha cambiado. Fue la última vez que le vi, estaba muy colgado. No paraba de beber y meterse de todo. “Así –me decía- no sé a lo que estoy enganchado”. Y se reía, el cabrón.

El tiempo continúa pasando, enmarcando los hechos. En este párrafo su cerebro no ha resistido. Ingreso en el hospital, algo sobre daños irreparables, situación irreversible y jerga médica. Nada original.


­­­­­­­­­­­­­­­­ Piensas en tu amigo y recuerdas aquellas tardes de hace un millón de años. Tantas batallas, el miedo y la risa. Lo ves ahora y querrías reventar, como los sesos de Carlos que te mira con esos ojos vacíos que te atraviesan sin verte mientras emite sonidos que se parecen vagamente a palabras.

Pero no revientas y un día sabes que sigues vivo y descubres que no quieres acabar como él. Consigues sobrevivir y te descubres pensando en cómo coño te has podido librar por tan poco.