Tenía cara de no haber
fracturado una vajilla.
Por su piel no pasaba
el calendario,
se teñía las ganas
con tragos largos de ginebra.
Yo mordía los limones
para quitarme las alergias
que me provocaba
la tela de sus bragas
y rompía todos los platos
y me largaba sin pagar.
La acunaba con canciones
de amor desteñido
que siempre acababan
tendidas en el patio de luces.
Tenía billetes de cien pavos
en el lugar de los pensamientos
y, aunque nunca fue dada
a frecuentar las floristerías,
olía como huelen las flores amarillas
que pueblan los sueños.
fracturado una vajilla.
Por su piel no pasaba
el calendario,
se teñía las ganas
con tragos largos de ginebra.
Yo mordía los limones
para quitarme las alergias
que me provocaba
la tela de sus bragas
y rompía todos los platos
y me largaba sin pagar.
La acunaba con canciones
de amor desteñido
que siempre acababan
tendidas en el patio de luces.
Tenía billetes de cien pavos
en el lugar de los pensamientos
y, aunque nunca fue dada
a frecuentar las floristerías,
olía como huelen las flores amarillas
que pueblan los sueños.
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