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domingo, 30 de octubre de 2011

VEO, VEO

Imagen: Friendly Persuassion. Rafal Oblinski.

Veo, veo… ya no veo nada.

Se fue la pasión de las palabras y el juego se me antoja torturante. Será, digo yo, que he perdido los pasos por la llanura sin caminos (ya sabéis, caminante, etcétera).

Miro (y son los mismos ojos que me abrieron el mundo) pero ya no veo nada. No es tristeza, al cabo sé que todo se termina secando bajo capas de olvido.

Desapareció la ilusión como desaparecerá el amor. No me engaño, en el fondo siempre supe (aunque me esté mal el decirlo) que esto iba a pasar. No es tristeza, es un rencor hacia mis sentidos que me nublan esa otra mirada.

Veo, veo… ya no veo nada.

Y tampoco es rencor, es ese algo que se queda pegado a los zapatos como una mierda, o como el alquitrán y esas incontadas sustancias que se aferran a los pulmones.

Será (digo yo, aunque me esté mal el decirlo) que se me ha muerto el ansia por las metáforas. Que no le encuentro sentido a seguir caminando por las nubes.

Veo, veo, etcétera.

Poema aparecido en el número 2 de la revista digital DESEO, marzo 2007.

viernes, 21 de octubre de 2011

EL VIAJERO

Imagen: El ángel caído. Extraída del blog: Otoño sangriento


“LUCIFER: Portador de la luz, conocimiento, el aire, lucero del alba, el Este.”

(En Antón La Vey, La Biblia satánica)

El diablo descansa en lo alto de la pirámide que forman las cartas del Tarot. En la base, la Rueda de la Fortuna derriba a un rey y alza a un mendigo.

La gitana señala un naipe mugriento mientras habla sobre una maldición ancestral y una caída al pozo del dolor. En algún momento, la luz del quinqué tiembla sobre la mesa y un reflejo extraño pasa inadvertido en la bola de cristal. La hechicera levanta la vista de los arcanos para mirar al extranjero.

Advierte cierta tristeza en sus ojos duros.

- Veo desgracia en las cartas. Ten cuidado, el orgullo será tu perdición.

El viajero habla entonces por primera vez desde que entrara en la choza seguido de un aire gélido. En su voz se advierte la misma tristeza que llena sus ojos.

- Llegas tarde, bruja. Ya he oído el trueno que abrió el abismo; el Dios vengador robó hace tiempo los colores de mis plumas. Ya devoraron las sombras la luz de mi nombre.

Habla con un tono que le recuerda las historias que contaban los viejos cíngaros sobre tiempos remotos.

“¿Por qué sólo veo su pasado en los signos del futuro?”. Un vértigo de aristas rotas se apodera de la anciana y la obliga a cerrar los ojos un instante. Cuando los vuelve a abrir, no queda más que un vapor helado en el lugar que ocupó el viajero. Oye un ruido, como el batir de un par de alas en la noche sin astros.

Sentada en la penumbra siente un frío que le hiela el alma; se acerca al hogar y añade un poco de leña. Mientras contempla las llamas, una figura se desvanece en la bola de cristal.

Amanece en tonos de sangre, una figura desaparece entre los últimos jirones de niebla.

Fuera de la choza, el viento del Levante parece llorar entre las copas de los árboles.

miércoles, 12 de octubre de 2011

VIRGEN DE LOS FRACASOS

Imagen: Estación de Metro de Chamberí, Madrid. Antes de su restauración.


Amanece una luminiscencia opalescente,

bajo mi sombrero desdichado

adivino un reflejo

en la superficie esmerilada

de ciertos ventanales donde se muestra

la virgen de los fracasos.

Intento una palabra bajo el sueño de plata

y mi locura (harta de ser y no estar)

balbucea una letra

vencida bajo el calabobos.

Amanece una opalescencia luminiscente

con las comisuras descosidas

de intentar decir el poema

que nadie entiende,

que nadie canta,

que todo está silente

y sucio y triste y frío.

Amanece el asfalto

con resaca de estrellas,

los semáforos regulan el pulso

de pasos que no saben el norte,

que se pierden en pasillos

que llevan a ninguna parte.

Amanezco con una resaca en los labios,

he perdido mi desdichado sombrero

y los zapatos con la boca descosida

para decir el poema

que la virgen del fracaso

quiere que nadie entienda

y todo permanece envuelto

en una luminiscencia

sucia y fría y triste.





jueves, 22 de septiembre de 2011

OTOÑO EN UN BAR DEL CENTRO

Imagen: Otoño. Autor: El Rey Peste.


Hay un poema en las nubes que nadie mira. Avanzo como en los días de la fe en los versos, pero sucede que me pesa el vacío de los bolsillos.

En el bar de abajo el otoño pide café con leche y dos porras. Tiene telarañas en la voz. Algo me hace mirar afuera. Han salido algunos abrigos desde la naftalina del verano; la calle se llena de ese olor a ropa deformada.

El tío de la televisión dice que son las nueve y media (en Canarias, una hora menos, y buen tiempo). Llueve, llueve mucho esta mañana. Las gotas se manifiestan en pequeños torrentes calle abajo o se concentran en charcos reivindicando un lugar entre la prisa.

¿Qué se debe? La camarera mira con gesto vacío, hace un cálculo rápido, dos sesenta. Repaso las monedas de mi bolsillo escuálido, pido otro café, largo, por favor. Y caliente, muy caliente.

El humo del cigarrillo entra sin permiso en mi ojo y me hace lagrimar, sumerjo la cucharilla en un vaso largo de pena.

El otoño ha salido; luego, por la tarde, pisaré el suicidio de las hojas donde se pudre el poema que nadie mira.

sábado, 3 de septiembre de 2011

EL REY PESTE EN PAPEL


Imagen: portada del número 2 de la revista ENTROPÍA



Saludos, mortales:
Por fin, el Rey Peste, ve publicado uno de sus delirios en papel. Se trata de la revista ENTROPÍA, en el número 2 tuvieron el buen criterio de incluir este relato que, para quienes no logréis encontrar la mencionada revista y queráis leer lo que el Rey Peste ha escrito, reproduzco en esta entrada.
Pinchad en las imágenes para verlas a tamaño completo y... felices pesadillas.

Post Scriptum: El Rey Peste quiere agradecer la colaboración de Manuel Sassoon por el estilismo y el maqullaje y a Luis Mata por la fotografía que ilustra la página 70 de la revista y tercera del relato.





jueves, 25 de agosto de 2011

ALGUIEN




Alguien agrupa las horas

con paciencia de hombre viejo

alrededor de mi casa en ruinas;

miro las heridas en sus manos

y la sangre brota como un hormiguero.

Ya no oigo el murmullo de las aguas

entre las rocas sin nombre:

sólo se oyen las campanas

cerca lejos

tan cerca tan lejos.

¿Quién es aquel que agrupa las horas?

¿por qué viene llamándome por mi nombre?

¿por qué las heridas de sus manos

no me dejan oír el murmullo del agua?


Del libro Tras los muros del silencio. (Inédito).

jueves, 11 de agosto de 2011

CROSSROADS

En la imagen: Robert Johnson.


“(…) y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos.”

(Jorge Luis BORGES)

Ha dejado la casa. Camina vencido por lo irreductible de su viaje. La guitarra duerme en su funda.

Ha caminado, siempre cuesta arriba, hasta el cruce.

Sus botas conservan el polvo de mil y una historias. Conoce los lugares donde se reúnen los vagabundos; sabe la soledad del bourbon en los bares de carretera…

Ha caminado hasta esta encrucijada para comprar su historia a un vagabundo a cambio de los pocos dólares que le quedan.

Las seis de la tarde es la hora fijada; aún le queda tiempo. Enciende un cigarrillo bajo el cielo abrasante de agosto. Despierta las cuerdas de su guitarra y empieza a improvisar sobre una melodía que aprendió en New Orleans o, tal vez, en Memphis (ha andado tantos caminos como los que ha olvidado).

El vagabundo aparece a las seis en punto. Se dispone a guardar la guitarra pero le pide que siga tocando, no hay prisa. Hay algo extraño en aquel tipo. Viste, como él, un traje cansado y gruesas botas de campesino; pero cierto toque denuncia que no es quien pretende. “Bien, qué importa, tiene una historia”.

Le apremia para que hable. El vagabundo sonríe con misterio mientras unas urracas graznan rasgando el calor. Pide un cigarrillo. Mientras exhala el humo con una expresión de placer exagerado, comienza a desgranar su tragedia.

“Mi padre muerto se me apareció en las almenas; desde el infierno me exigía venganza. Su hermano lo había matado. Entonces Ofelia enloqueció y se arrojó al río. El agua la arrastraba hacia el fondo mientras cantaba su canción. Yo ya había enloquecido por aquel entonces o quizá ya había muerto.

Verás, mi hermano me echó un veneno en el oído mientras dormía en el jardín. Pero eso ya te lo he contado ¿verdad?

Mi madre se casó con el asesino de su marido y Ofelia había perdido la razón porque yo maté a su padre o quizá yo maté a mi hermano y me casé con mi madre…”

Algo olía a podrido en aquella encrucijada de Mississipi. ¿Quién era ese pobre demente que confundía nombres y hechos, mezclándolos como un tahúr la baraja para una partida alucinante?

Empezaba a sentirse mal; de pronto el aire se había enfriado. Dio media vuelta para buscar la chaqueta. Cuando se volvió hacia el vagabundo, sólo encontró el filtro del cigarrillo aplastado contra el suelo.

Coge la guitarra y comienza a improvisar sobre una melodía que aprendió en Sant Louis, o tal vez en Dinamarca cuando fue rey…