Imagen: Fotograma de la película La novia cadáver, de Tim Burton.- … ¿Hasta que la muerte os separe?
- Sí, quiero.
Desde ese día ha intentado matarme veinte veces. Empiezo a sospechar que ha dejado de quererme.
"Sabed que soy el monarca de estos dominios y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de «Rey Peste I» (...)" (Edgar Allan Poe).
Ven a comerte esta tristeza
de cifras voluptuosas hasta lo absurdo.
Ven a devorar esta desgana
de andar a solas por las ciudades
fumando el dióxido de los autobuses
que llegan a ninguna parte.
Ven a comerte estos “te quieros”
que se me pudren en la boca.
Porque no hay tiempo
y es urgente
borrar el reflejo de los escaparates
que anuncian cosas tan inútiles
como esta lluvia sobre el asfalto.
Ven a beber esta sangre
del manantial que abrió la cuchilla
desesperada de recuerdos,
de vísperas de nada.
Ven, pues, de una vez
y devora esta tristeza
de gotas suicidas.
Imagen: Friendly Persuassion. Rafal Oblinski.Veo, veo… ya no veo nada.
Se fue la pasión de las palabras y el juego se me antoja torturante. Será, digo yo, que he perdido los pasos por la llanura sin caminos (ya sabéis, caminante, etcétera).
Miro (y son los mismos ojos que me abrieron el mundo) pero ya no veo nada. No es tristeza, al cabo sé que todo se termina secando bajo capas de olvido.
Desapareció la ilusión como desaparecerá el amor. No me engaño, en el fondo siempre supe (aunque me esté mal el decirlo) que esto iba a pasar. No es tristeza, es un rencor hacia mis sentidos que me nublan esa otra mirada.
Veo, veo… ya no veo nada.
Y tampoco es rencor, es ese algo que se queda pegado a los zapatos como una mierda, o como el alquitrán y esas incontadas sustancias que se aferran a los pulmones.
Será (digo yo, aunque me esté mal el decirlo) que se me ha muerto el ansia por las metáforas. Que no le encuentro sentido a seguir caminando por las nubes.
Veo, veo, etcétera.
Poema aparecido en el número 2 de la revista digital DESEO, marzo 2007.
Imagen: El ángel caído. Extraída del blog: Otoño sangriento
“LUCIFER: Portador de la luz, conocimiento, el aire, lucero del alba, el Este.”
(En Antón La Vey, La Biblia satánica)
El diablo descansa en lo alto de la pirámide que forman las cartas del Tarot. En la base, la Rueda de la Fortuna derriba a un rey y alza a un mendigo.
La gitana señala un naipe mugriento mientras habla sobre una maldición ancestral y una caída al pozo del dolor. En algún momento, la luz del quinqué tiembla sobre la mesa y un reflejo extraño pasa inadvertido en la bola de cristal. La hechicera levanta la vista de los arcanos para mirar al extranjero.
Advierte cierta tristeza en sus ojos duros.
- Veo desgracia en las cartas. Ten cuidado, el orgullo será tu perdición.
El viajero habla entonces por primera vez desde que entrara en la choza seguido de un aire gélido. En su voz se advierte la misma tristeza que llena sus ojos.
- Llegas tarde, bruja. Ya he oído el trueno que abrió el abismo; el Dios vengador robó hace tiempo los colores de mis plumas. Ya devoraron las sombras la luz de mi nombre.
Habla con un tono que le recuerda las historias que contaban los viejos cíngaros sobre tiempos remotos.
“¿Por qué sólo veo su pasado en los signos del futuro?”. Un vértigo de aristas rotas se apodera de la anciana y la obliga a cerrar los ojos un instante. Cuando los vuelve a abrir, no queda más que un vapor helado en el lugar que ocupó el viajero. Oye un ruido, como el batir de un par de alas en la noche sin astros.
Sentada en la penumbra siente un frío que le hiela el alma; se acerca al hogar y añade un poco de leña. Mientras contempla las llamas, una figura se desvanece en la bola de cristal.
Amanece en tonos de sangre, una figura desaparece entre los últimos jirones de niebla.
Fuera de la choza, el viento del Levante parece llorar entre las copas de los árboles.
Imagen: Estación de Metro de Chamberí, Madrid. Antes de su restauración.
Amanece una luminiscencia opalescente,
bajo mi sombrero desdichado
adivino un reflejo
en la superficie esmerilada
de ciertos ventanales donde se muestra
la virgen de los fracasos.
Intento una palabra bajo el sueño de plata
y mi locura (harta de ser y no estar)
balbucea una letra
vencida bajo el calabobos.
Amanece una opalescencia luminiscente
con las comisuras descosidas
de intentar decir el poema
que nadie entiende,
que nadie canta,
que todo está silente
y sucio y triste y frío.
Amanece el asfalto
con resaca de estrellas,
los semáforos regulan el pulso
de pasos que no saben el norte,
que se pierden en pasillos
que llevan a ninguna parte.
Amanezco con una resaca en los labios,
he perdido mi desdichado sombrero
y los zapatos con la boca descosida
para decir el poema
que la virgen del fracaso
quiere que nadie entienda
y todo permanece envuelto
en una luminiscencia
sucia y fría y triste.
Hay un poema en las nubes que nadie mira. Avanzo como en los días de la fe en los versos, pero sucede que me pesa el vacío de los bolsillos.
En el bar de abajo el otoño pide café con leche y dos porras. Tiene telarañas en la voz. Algo me hace mirar afuera. Han salido algunos abrigos desde la naftalina del verano; la calle se llena de ese olor a ropa deformada.
El tío de la televisión dice que son las nueve y media (en Canarias, una hora menos, y buen tiempo). Llueve, llueve mucho esta mañana. Las gotas se manifiestan en pequeños torrentes calle abajo o se concentran en charcos reivindicando un lugar entre la prisa.
¿Qué se debe? La camarera mira con gesto vacío, hace un cálculo rápido, dos sesenta. Repaso las monedas de mi bolsillo escuálido, pido otro café, largo, por favor. Y caliente, muy caliente.
El humo del cigarrillo entra sin permiso en mi ojo y me hace lagrimar, sumerjo la cucharilla en un vaso largo de pena.
El otoño ha salido; luego, por la tarde, pisaré el suicidio de las hojas donde se pudre el poema que nadie mira.