
A veces un verso
se niega a salir de mis ojos,
los dientes se cierran hasta el dolor para que no huya
boca adelante.
A veces los dedos
me parecen
bloques de cemento y
no encuentro la forma de dejar de golpear el teclado, buscando una salvación que no existe.
A veces,
un dolor sordo se me instala
en el sitio de la memoria y
no quiero enjugar las lágrimas que
escapan por los poros.
A veces te presiento entre las sombras, tus pies desnudos no despiertan el polvo de los pasillos y sé que eres quien vendrá a matarme,
dejo una navaja en el mueble de la entrada.
Una navaja afilada y abierta
en el mueble de la entrada.
A veces me
quedo mirando el filo
de las cuchillas
y parece que me haces un guiño de acero,
y sé que el momento llegará pronto.
A veces
no puedo dejar
de ensuciar el papel,
como si la única salvación posible fuera enlazar
palabras buscando un sentido que acaso no tengan.
A veces tengo la certeza de que,
sólo muriendo,
acertaré a explicar la inutilidad de arrugar el poema.
A veces quisiera una voz más áspera
y dejo una navaja abierta.
En el mueble de la entrada,
una navaja que me invita a la nada.